La bala atravesó su cabeza antes incluso de que la gota de sudor o lágrima, no se sabe, impactara contra el suelo.
Antes incluso que el barro.
La palabra escrita, algo más verídica, trató de llegar a tiempo pero se le trastabillaron los dedos entre tanta y tanta tecla y trasvase de pretéritos como argumento.
Se quebró la lluvia antes incluso que el tejado.
Ojalá hubiera conocido el idioma concreto pero el gatillo sólo entiende de silencios por la espalda.
Casi sin darme cuenta, estoy empezando a rechazar moralmente a aquellos que consideran que el reloj marca las dos. En realidad, nunca son las dos. Los rechazo como seres inconscientes, aduladores de la banalidad y cíclicamente hipócritas, a conveniencia periódica.
Los hay que no pueden dejar de fumar, los hay alcohólicos y cada siete días, los hay adictos a la coca, a la heroína, a la próxima forma de evadir o alucinar.
Transcurrir en banquete o hambruna, vida requerida, dulce, insatisfactoria, limitada a intermitencias como lo está una cucharilla: liviana, ligera sólo contiene lo que no rebosa, agujero en potencia.
No preguntes por qué, pero me cuesta, me duele cerrar cualquier libro por su verdad final. Me exaspera la finitud sabida de cualquier gran historia, el veinte por ciento abierto o cerrado de par en par. A veces creo que he nacido para mirar al vértigo a los ojos.