Los hay que no pueden dejar de fumar, los hay alcohólicos y cada siete días, los hay adictos a la coca, a la heroína, a la próxima forma de evadir o alucinar.
Los hay que apuestan su vida a un impar, los hay que toman pastillas para no soñar, los hay que no pueden dejar de comprar señuelos de diseño sin necesidad.
Los hay que no saben hacer el amor sin pagar, los hay que invierten en videntes su inseguridad, los hay adictos a engordar y adelgazar; un bisturí hace las veces de selector natural.
También, mundanamente, los hay que no les alcanza para un mendrugo de pan.
Casi sin darme cuenta, estoy empezando a rechazar moralmente a aquellos que consideran que el reloj marca las dos. En realidad, nunca son las dos. Los rechazo como seres inconscientes, aduladores de la banalidad y cíclicamente hipócritas, a conveniencia periódica.
Los hay que no pueden dejar de fumar, los hay alcohólicos y cada siete días, los hay adictos a la coca, a la heroína, a la próxima forma de evadir o alucinar.
Transcurrir en banquete o hambruna, vida requerida, dulce, insatisfactoria, limitada a intermitencias como lo está una cucharilla: liviana, ligera sólo contiene lo que no rebosa, agujero en potencia.