Los hay que no pueden dejar de fumar, los hay alcohólicos y cada siete días, los hay adictos a la coca, a la heroína, a la próxima forma de evadir o alucinar.
Los hay que apuestan su vida a un impar, los hay que toman pastillas para no soñar, los hay que no pueden dejar de comprar señuelos de diseño sin necesidad.
Los hay que no saben hacer el amor sin pagar, los hay que invierten en videntes su inseguridad, los hay adictos a engordar y adelgazar; un bisturí hace las veces de selector natural.
También, mundanamente, los hay que no les alcanza para un mendrugo de pan.
No preguntes por qué, pero me cuesta, me duele cerrar cualquier libro por su verdad final. Me exaspera la finitud sabida de cualquier gran historia, el veinte por ciento abierto o cerrado de par en par. A veces creo que he nacido para mirar al vértigo a los ojos.
El interés de la deuda soberana no cabe en un poema. La poesía es infantil frente a dos puntos de la prima de riesgo, el descenso de la demanda agregada o la eficiencia de nuevos mecanismos de esperanza.
Una vez quise ser bibliotecario para matar moscas en el trabajo, regañar a algún huérfano de libro, traslucir sinopsis de una máscara, adivinar la signatura pendiente.