Casi sin darme cuenta, estoy empezando a rechazar moralmente a aquellos que consideran que el reloj marca las dos. En realidad, nunca son las dos. Los rechazo como seres inconscientes, aduladores de la banalidad y cíclicamente hipócritas, a conveniencia periódica. Empiezo a odiarlos, a pesar y consciente de que vivimos a tiempos dictados por la misma gota.
En su terca fantasía de pasar indelebles por el tiempo, se empeñan. Se empecinan discutiendo y defendiendo bravamente sus dos y media, sus tres menos cuarto... A este lado de los ojos, son las menos diez. Siempre fueron las menos diez, y las menos nueve vendrán seguidas de las menos ocho. Así hasta las 00:00, nada que ver con las doce.
Casi sin darme cuenta, estoy empezando a rechazar moralmente a aquellos que consideran que el reloj marca las dos. En realidad, nunca son las dos. Los rechazo como seres inconscientes, aduladores de la banalidad y cíclicamente hipócritas, a conveniencia periódica.
Los hay que no pueden dejar de fumar, los hay alcohólicos y cada siete días, los hay adictos a la coca, a la heroína, a la próxima forma de evadir o alucinar.
Transcurrir en banquete o hambruna, vida requerida, dulce, insatisfactoria, limitada a intermitencias como lo está una cucharilla: liviana, ligera sólo contiene lo que no rebosa, agujero en potencia.