Casi sin darme cuenta, estoy empezando a rechazar moralmente a aquellos que consideran que el reloj marca las dos. En realidad, nunca son las dos. Los rechazo como seres inconscientes, aduladores de la banalidad y cíclicamente hipócritas, a conveniencia periódica. Empiezo a odiarlos, a pesar y consciente de que vivimos a tiempos dictados por la misma gota.
En su terca fantasía de pasar indelebles por el tiempo, se empeñan. Se empecinan discutiendo y defendiendo bravamente sus dos y media, sus tres menos cuarto... A este lado de los ojos, son las menos diez. Siempre fueron las menos diez, y las menos nueve vendrán seguidas de las menos ocho. Así hasta las 00:00, nada que ver con las doce.
No preguntes por qué, pero me cuesta, me duele cerrar cualquier libro por su verdad final. Me exaspera la finitud sabida de cualquier gran historia, el veinte por ciento abierto o cerrado de par en par. A veces creo que he nacido para mirar al vértigo a los ojos.
El interés de la deuda soberana no cabe en un poema. La poesía es infantil frente a dos puntos de la prima de riesgo, el descenso de la demanda agregada o la eficiencia de nuevos mecanismos de esperanza.
Una vez quise ser bibliotecario para matar moscas en el trabajo, regañar a algún huérfano de libro, traslucir sinopsis de una máscara, adivinar la signatura pendiente.