Una vez quise ser bibliotecario
para matar moscas en el trabajo,
regañar a algún huérfano de libro,
traslucir sinopsis de una máscara,
adivinar la signatura pendiente.
Detrás de la primera edición, raras veces,
se encuentra una pluma brillante.
En adelante son marcas registradas
por las editoriales. Lo más parecido
es alquilar el vientre.
A la gente le gustan las marcas,
a lo sumo, las cicatrices.
Al lector, amar, velar los muertos que nunca mueren
y sin embargo existen.
No quiero ser escritor.
Prefiero escribir.
La marca de la fama es el lastre
de la observación y
no es país para honestos.
Alguien me dijo
que dolía; como el hambre
o la malaria. Que te mata
poco a poco a pesar del siglo.
Al principio no hay síntomas.
A los pocos días,
te deja con la cabeza vacía
como una canción en blanco y negro;
te duelen las noticias,
la verdad es un estigma
y no confundes la versión con los hechos.
Entonces te ríes, te burlas
de tu propia ignorancia, de los estandartes,
y ya es tarde,
alucinas: vives en una celda
y te crees libre y actúas a pesar,
con la cabeza llena
de blancos inviernos
de horas caducifolias,
y ya es tarde...
de amor a lomos, migrando
de pájaros alados.
I
Sé que lloraré cuando te vayas,
durante meses,
un torrente
por los ojos.
Si es pronto,
la juventud
me aplastará
como a una mosca
veraniega.
Era mucho más fácil
Lo más fácil era soltarlo todo
y echar a volar,
sin avisos, sin maletas, sin sombrero,
sin alas, sin hambre de carnicero.
Era marcharse a cualquier otro lugar
inevitablemente dentro de este sitio.
Aún no se conoce la forma de la vida,
si todo proviene de un continente
que no es hongo, animal o planta;
cómo era la primera procariota
que guardó el alma dentro de su cuerpo,
1. Una vez me enamoré
1. 1. No hablaba mi idioma
1. 2. Decidí callar
1. 3. Ahora la amo entre mis dedos
1. 4. Sus ojos son de primavera
Vas a morir
(por si no lo sabías).
Puedes seguir
viviendo en fascículos
de mes a mes.
A incómodos plazos
sin intereses.
De todas formas,
vas a morir.
Por si no lo sabías.
Búscame ahora que tenemos en común
esta dulce sensación calórica
del sol en la piel los días de invierno.
Ahora que nuestras palabras no son tan ajenas,
ni tan nuestras siquiera.
Quise que viera mi muestrario
de amores disecados. Se asustó.
Me preguntó por esos huecos.
“No te preocupes, son crisálidas”.
Me preguntó por los alfileres vacíos.
“No te preocupes, no volverán”.
El tiempo olvida
y después mata. No pregunta.
Sólo continúa
dejando tras de sí censuras
imposibles de olvidar.