'La bailarina', de Gabriela Mistral | Poema

Título: La bailarina
Autora: Gabriela Mistral
Narrador: Francisco Fernández

 

 

La bailarina

 

La bailarina ahora está danzando
la danza del perder cuanto tenía.
Deja caer todo lo que ella había,
padres y hermanos, huertos y campiñas,
el rumor de su río, los caminos,
el cuento de su hogar, su propio rostro
y su nombre, y los juegos de su infancia
como quien deja todo lo que tuvo
caer de cuello y de seno y de alma.

En el filo del día y el solsticio
baila riendo su cabal despojo.
Lo que avientan sus brazos es el mundo
que ama y detesta, que sonríe y mata,
la tierra puesta a vendimia de sangre,
la noche de los hartos que ni duermen
y la dentera del que no ha posada.

Sin nombre, raza ni credo, desnuda
de todo y de sí misma, da su entrega,
hermosa y pura, de pies voladores.
Sacudida como árbol y en el centro
de la tornada, vuelta testimonio.

No está danzando el vuelo de albatroses
salpicados de sal y juegos de olas;
tampoco el alzamiento y la derrota
de los cañaverales fustigados.
Tampoco el viento agitador de velas,
ni la sonrisa de las altas hierbas.

El nombre no le den de su bautismo.
Se soltó de su casta y de su carne
sumió la canturia de su sangre
y la balada de su adolescencia.

Sin saberlo le echamos nuestras vidas
como una roja veste envenenada
y baila así mordida de serpientes
que alácritas y libres le repechan
y la dejan caer en estandarte
vencido o en guirnalda hecha pedazos.

Sonámbula, mudada en lo que odia,
sigue danzando sin saberse ajena
sus muecas aventando y recogiendo
jadeadora de nuestro jadeo,
cortando el aire que no la refresca
única y torbellino, vil y pura.

 

  • La bailarina

    La bailarina ahora está danzando
    la danza del perder cuanto tenía.
    Deja caer todo lo que ella había,
    padres y hermanos, huertos y campiñas,
    el rumor de su río, los caminos,
    el cuento de su hogar, su propio rostro
    y su nombre, y los juegos de su infancia
    como quien deja todo lo que tuvo
    ...

  • La extranjera

    Habla con dejo de sus mares bárbaros,
    con no sé qué algas y no sé qué arenas;
    reza oración a dios sin bulto y peso,
    envejecida como si muriera.
    En huerto nuestro que nos hizo extraño.
    ha puesto cactus y zarpadas hierbas.
    Alienta del resuello del desierto
    y ha amado con pasión de que blanquea,
    ...

  • Los sonetos de la muerte

    Del nicho helado en que los hombres te pusieron,
    te bajaré a la tierra humilde y soleada.
    Que he de dormirme en ella los hombres no supieron,
    y que hemos de soñar sobre la misma almohada.
    Te acostaré en la tierra soleada con una
    dulcedumbre de madre para el hijo dormido,
    y la tierra ha de hacerse suavidades de cuna
    al recibir tu cuerpo de niño dolorido.
    ...

  • Vergüenza

    Si tú me miras, yo me vuelvo hermosa
    como la hierba a que bajó el rocío,
    y desconocerán mi faz gloriosa
    las altas cañas cuando baje al río.
    Tengo vergüenza de mi boca triste,
    de mi voz rota y mis rodillas rudas.
    Ahora que me miraste y que viniste,
    me encontré pobre y me palpé desnuda.
    ...

  • Federico García Lorca

    Voces de muerte sonaron
    cerca del Guadalquivir.
    Voces antiguas que cercan
    voz de clavel varonil.
    Les clavó sobre las botas
    mordiscos de jabalí.
    En la lucha daba saltos
    jabonados de delfín.
    ...

  • Antonio Machado

    Yo voy soñando caminos
    de la tarde. ¡Las colinas
    doradas, los verdes pinos,
    las polvorientas encinas!...
    ¿Adónde el camino irá?
    Yo voy cantando, viajero
    a lo largo del sendero...
    -la tarde cayendo está-.
    ...

  • Ángel González

    Una revolución.
    Luego una guerra.
    En aquellos dos años —que eran
    la quinta parte de toda mi vida—,
    ya había experimentado sensaciones distintas.
    Imaginé más tarde
    lo que es la lucha en calidad de hombre.
    Pero como tal niño,
    ...

  • Luis Gonzaga Urbina

    Era un cautivo beso enamorado
    de una mano de nieve, que tenía
    la apariencia de un lirio desmayado
    y el palpitar de un ave en la agonía.
    Y sucedió que un día,
    aquella mano suave
    de palidez de cirio,
    de languidez de lirio,
    ...