Némesis, de Howard Phillips Lovecraft | Poema

    Poema en español
    Némesis

    A través de las puertas del sueño custodiadas por los ghules, 
    Más allá de los abismos de la noche iluminados por la pálida luna, 
    He vivido mis vidas sin número, 
    He sondeado todas las cosas con mi mirada; 
    Y me debato y grito cuando rompe la aurora, y me siento 
    Arrastrado con horror a la locura. 

    He flotado con la tierra en el amanecer de los tiempos, 
    Cuando el cielo no era más que una llama vaporosa; 
    He visto bostezar al oscuro universo, 
    Donde los negros planetas giran sin objeto, 
    Donde los negros planetas giran en un sordo horror, 
    Sin conocimiento, sin gloria, sin nombre. 

    He vagado a la deriva sobre océanos sin límite, 
    Bajo cielos siniestros cubiertos de nubes grises 
    Que los relámpagos desgarran en múltiples zigzags, 
    Que resuenan con histéricos alaridos, 
    Con gemidos de demonios invisibles 
    Que surgen de las aguas verdosas. 

    Me he lanzado como un ciervo a través de la bóveda 
    De la inmemorial espesura originaria, 
    Donde los robles sienten la presencia que avanza 
    Y acecha allá donde ningún espíritu osa aventurarse, 
    Y huyo de algo que me rodea y sonríe obscenamente 
    Entre las ramas que se extienden en lo alto. 

    He deambulado por montañas horadadas de cavernas 
    Que surgen estériles y desoladas en la llanura, 
    He bebido en fuentes emponzoñadas de ranas 
    Que fluyen mansamente hacia el mar y las marismas; 
    Y en ardientes y execrables ciénagas he visto cosas 
    Que me guardaré de no volver a ver. 

    He contemplado el inmenso palacio cubierto de hiedra, 
    He hollado sus estancias deshabitadas, 
    Donde la luna se eleva por encima de los valles 
    E ilumina las criaturas estampadas en los tapices de los muros; 
    Extrañas figuras entretejidas de forma incongruente 
    Que no soporto recordar. 

    Sumido en el asombro, he escrutado desde los ventanales 
    Las macilentas praderas del entorno, 
    El pueblo de múltiples tejados abatido 
    Por la maldición de una tierra ceñida de sepulcros; 
    Y desde la hilera de las blancas urnas de mármol persigo 
    Ansiosamente la erupción de un sonido. 

    He frecuentado las tumbas de los siglos, 
    En brazos del miedo he sido transportado 
    Allá donde se desencadena el vómito de humo del Erebo; 
    Donde las altas cumbres se ciernen nevadas y sombrías, 
    Y en reinos donde el sol del desierto consume 
    Aquello que jamás volverá a animarse. 

    Yo era viejo cuando los primeros Faraones ascendieron 
    Al trono engalanado de gemas a orillas del Nilo; 
    Yo era viejo en aquellas épocas incalculables, 
    Cuando yo, sólo yo, era astuto; 
    Y el Hombre, todavía no corrompido y feliz, moraba 
    En la gloria de la lejana isla del Ártico. 

    Oh, grande fue el pecado de mi espíritu, 
    Y grande es la duración de su condena; 
    La piedad del cielo no puede reconfortarle, 
    Ni encontrar reposo en la tumba: 
    Los eones infinitos se precipitan batiendo las alas 
    De las despiadadas tinieblas. 

    A través de las puertas del sueño custodiadas por los gules, 
    Más allá de los abismos de la noche iluminados por la pálida luna, 
    He vivido mis vidas sin número, 
    He sondeado todas las cosas con mi mirada; 
    Y me debato y grito cuando rompe la aurora, y me siento 
    Arrastrado con horror a la locura.