Lento, amargo animal, de Jaime Sabines | Poema

    Poema en español
    Lento, amargo animal

    Lento, amargo animal 
    que soy, que he sido, 
    amargo desde el nudo de polvo y agua y viento 
    que en la primera generación del hombre pedía a Dios. 

    Amargo como esos minerales amargos 
    que en las noches de exacta soledad 
    —maldita y arruinada soledad 
    sin uno mismo— 
    trepan a la garganta 
    y, costras de silencio, 
    asfixian, matan, resucitan. 

    Amargo como esa voz amarga 
    prenatal, presubstancial, que dijo 
    nuestra palabra, que anduvo nuestro camino, 
    que murió nuestra muerte, 
    y que en todo momento descubrimos. 

    Amargo desde dentro, 
    desde lo que no soy, 
    —mi piel como mi lengua— 
    desde el primer viviente, 
    anuncio y profecía. 

    Lento desde hace siglos, 
    remoto —nada hay detrás—, 
    lejano, lejos, desconocido. 

    Lento, amargo animal 
    que soy, que he sido.

    • Mansamente, insoportablemente, me dueles. 
      Toma mi cabeza. Córtame el cuello. 
      Nada queda de mí después de este amor. 

      Entre los escombros de mi alma, búscame, 
      escúchame. 
      En algún sitio, mi voz sobreviviente, llama, 
      pide tu asombro, tu iluminado silencio. 

    • Uno no sabe nada de esas cosas 
      que los poetas, los ciegos, las rameras, 
      llaman «misterio», temen y lamentan. 
      Uno nació desnudo, sucio, 
      en la humedad directa, 
      y no bebió metáforas de leche, 
      y no vivió sino en la tierra 

    • Se dice, se rumora, afirman en los salones, en las fiestas, alguien o algunos enterados, que Jaime Sabines es un gran poeta. O cuando menos un buen poeta. O un poeta decente, valioso. O simplemente, pero realmente, un poeta. 

    • ¿Qué putas puedo hacer con mi rodilla, 
      con mi pierna tan larga y tan flaca, 
      con mis brazos, con mi lengua, 
      con mis flacos ojos? 
      ¿Que puedo hacer en este remolino 
      de imbéciles de buena voluntad? 
      ¿Que puedo con inteligentes podridos 

    • El mediodía en la calle, atropellando ángeles, 
      violento, desgarbado; 
      gentes envenenadas lentamente 
      por el trabajo, el aire, los motores; 
      árboles empeñados en recoger su sombra, 
      ríos domesticados, panteones y jardines 
      transmitiendo programas musicales. 

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