Poema del cuarto elemento, de Jorge Luis Borges | Poema

    Poema en español
    Poema del cuarto elemento

    El Dios a quien un hombre de la estirpe de Atreo 
    apresó en una playa que el bochorno lacera, 
    se convirtió en león, en dragón, en pantera, 
    en un árbol y en agua. Porque el agua es Proteo. 

    Es la nube, la irrecordable nube, es la gloria 
    del ocaso que ahonda, rojo, los arrabales; 
    es el Maelström que tejen los vórtices glaciales, 
    y la lágrima inútil que doy a tu memoria. 

    Fue, en las cosmogonías, el origen secreto 
    de la tierra que nutre, del fuego que devora, 
    de los dioses que rigen el poniente y la aurora. 
    (Así lo afirman Séneca y Tales de Mileto.) 

    El mar y la moviente montaña que destruye 
    a la nave de hierro sólo son tus anáforas, 
    y el tiempo irreversible que nos hiere y que huye, 
    agua, no es otra cosa que una de tus metáforas. 

    Fuiste, bajo ruinosos vientos, el laberinto 
    sin muros ni ventana, cuyos caminos grises 
    largamente desviaron al anhelado Ulises, 
    de la Muerte segura y el Azar indistinto. 

    Brillas como las crueles hojas de los alfanjes, 
    hospedas, como el sueño, monstruos y pesadillas. 
    Los lenguajes del hombre te agregan maravillas 
    y tu fuga se llama el Éufrates o el Ganges. 

    (Afirman que es sagrada el agua del postrero, 
    pero como los mares urden oscuros canjes 
    y el planeta es poroso, también es verdadero 
    afirmar que todo hombre se ha bañado en el Ganges.) 

    De Quincey, en el tumulto de los sueños, 
    ha visto empedrarse tu océano de rostros, de naciones; 
    has aplacado el ansia de las generaciones, 
    has lavado la carne de mi padre y de Cristo. 

    Agua, te lo suplico. Por este soñoliento 
    nudo de numerosas palabras que te digo, 
    acuérdate de Borges, tu nadador, tu amigo. 
    No faltes a mis labios en el postrer momento.

    Jorge Luis Borges nació en Buenos Aires el 24 de agosto de 1899. Entre 1914 y 1921 vivió con su familia en Europa. A su regreso fundó las revistas Prisma y Proa, y publicó Fervor de Buenos Aires (1923) e Historia universal de la infamia (1935). Autor de poesía, cuento, ensayo y trabajos en colaboración, en las décadas siguientes su obra creció, fue traducida a más de veinticinco idiomas y alcanzó reconocimiento mundial. Fue presidente de la Sociedad Argentina de Escritores, director de la Biblioteca Nacional, miembro de la Academia Argentina de Letras y profesor de la Universidad de Buenos Aires. Recibió importantes distinciones de gobiernos extranjeros, y el título de doctor honoris causa de las universidades de Columbia, Yale, Oxford, Michigan, Santiago de Chile, La Sorbona y Harvard. Obtuvo, entre otros galardones, el Premio Nacional de Literatura (Argentina, 1956) y el Cervantes (España, 1979). Considerado uno de los más importantes escritores en lengua hispana de la historia de la literatura, murió en Ginebra el 14 de junio de 1986. 

    • La calavera, el corazón secreto, 
      los caminos de sangre que no veo, 
      los túneles del sueño, ese Proteo, 
      las vísceras, la nuca, el esqueleto. 
      Soy esas cosas. Increíblemente 
      soy también la memoria de una espada 
      y la de un solitario sol poniente 

    • Quiero saber de quién es mi pasado. 
      ¿De cuál de los que fui? ¿Del ginebrino 
      que trazó algún hexámetro latino 
      que los lustrales años han borrado? 
      ¿Es de aquel niño que buscó en la entera 
      biblioteca del padre las puntuales 
      curvaturas del mapa y las ferales 

    • En la tarde de oro 
      o en una serenidad cuyo símbolo 
      podría ser la tarde de oro, 
      el hombre dispone los libros 
      en los anaqueles que aguardan 
      y siente el pergamino, el cuero, la tela 
      y el agrado que dan 
      la previsión de un hábito 

    • Es el amor. Tendré que ocultarme o huir. 
      Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz. 
      La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre 
      es la única. ¿De qué me servirán mis talismanes: el 
      ejercicio de las letras, la vaga erudición, el aprendizaje 

    • Entra la luz y asciendo torpemente 
      de los sueños al sueño compartido 
      y las cosas recobran su debido 
      y esperado lugar y en el presente 
      converge abrumador y vasto el vago 
      ayer: las seculares migraciones 
      del pájaro y del hombre, las legiones 

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