Y comenzaremos juntos un viaje hacia la aurora. Como dos fugitivos de la misma condena. Lo que ignoraba antes no he de callarlo ahora: No valías la pena.
Ya llegaba el otoño y ardía el mediodía. Sentí sed. Vi tu copa. Pensé que estaba llena, pero acerqué mis labios y la encontré vacía. No valías la pena.
Te di a guardar un sueño pero tú lo perdiste, o acaso abrí mis surcos en la llanura ajena. Es triste pero es cierto. Por ser tan cierto, es tan triste: No valías la pena.
Fuiste el amor furtivo que va de lecho en lecho, y el eslabón amable que es más que una cadena. Pero hoy puedo decirte, sin rencor ni despecho: No valías la pena.
Me alegre con tu risa; me apene por tu llanto, sin pensar que eras mala, ni creer que eras buena. Te canté en mis canciones, y, a pesar de mi canto. No valías la pena.
Me queda el desencanto del que enturbió una fuente o acaso el desaliento del que sembró en la arena. Pero yo no te culpo. Te digo simplemente: No valías la pena.
En el recogimiento de la tarde que muere, entre las imprecisas brumas crepusculares, cada jirón de sombras cobra vida, y sugiere vaporosas siluetas familiares.
Ama tu verso, y ama sabiamente tu vida, la estrofa que más vive, siempre es la mas vivida. Un mal verso supera la más perfecta prosa, aunque en prosa y en verso digas la misma cosa.
—“Vamos, que se hace tarde...”—me dijiste. Pero yo me quedé mirando el mar, con el hastío de un pecado triste, pues no hay nada más triste que un pecado vulgar...
Tal vez guardes mi libro en alguna gaveta, sin que nadie descubra qué relata su historia, pues serán simplemente, los versos de un poeta, tras arrancar la página de la dedicatoria...