Ligeramente tumefacta pero ofrecida con codicia, llegó la boca hasta el lindero de la precaria intimidad. Iban reptando las parejas que se apiñaban en lo oscuro: no se miraban, se sumían en un compendio de sudores, se convertían en secuaces
¿Qué era, decidme, la nación que un día reina del mundo proclamó el destino, la que a todas las zonas extendía su cetro de oro y su blasón divino? Volábase a occidente, y el vasto mar Atlántico sembrado se hallaba de su gloria y su fortuna.
Esta tierra es hermosa. Crece sobre mis ojos como una abierta claridad asombrada. La nombro con las cosas que voy amando y que me duelen; Montañas pensativas, lunas que se alzan sobre el chaco Como una boca de horno de pan recién prendido, Yuchanes de leyenda
La ciudad que me rodea Y se duplica en los charcos de la lluvia Tiene un ropaje de sombras. El viento que viene del páramo de Cruz Verde Con su negro levitón nocturno Rasguña los vitrales de la casa,
Unas palabras son inútiles y otras acabarán por serlo mientras elijo para amarte más metódicamente aquellas zonas de tu cuerpo aisladas por algún obstinado depósito de abulia, los recodos quizá donde mejor se expande ese rastro de tedio