Unas palabras son inútiles y otras acabarán por serlo mientras elijo para amarte más metódicamente aquellas zonas de tu cuerpo aisladas por algún obstinado depósito de abulia, los recodos quizá donde mejor se expande ese rastro de tedio que circula de pronto por tu vientre,
y allí pongo mi boca y hasta la intempestiva cama acuden las sombras venideras, se interponen entre nosotros, dejan un barrunto de fiebre y como un vaho de exudación de sueño y otras cavernas vespertinas,
y ya en lo ambiguo de la noche escucho la predicción de la memoria: dentro de ti me aferro igual que recordándote, subsisto como la espuma al borde de la espuma mientras se activa entre los cuerpos la carcoma voraz de estar a solas.
... Entra la noche como un trueno por los rompientes de la vida, recorre salas de hospitales, habitaciones de prostíbulos, templos, alcobas, celdas, chozas, y en los rincones de la boca entra también la noche.
Tú te llamabas Carmen y era hermoso decir una a una tus letras, desnudarlas, mirarte en cada una como si fuesen ramas distintas de alegría, distintos besos en mi boca reunidos. Era hermoso saberte con un nombre que ya me duele ahora entre los labios,
Ningún vestigio tan inconsolable como el que deja un cuerpo entre las sábanas y más cuando la lasitud de la memoria ocupa un espacio mayor del que razonablemente le corresponde.
Solícito el silencio se desliza por la mesa nocturna, rebasa el irrisorio contenido del vaso. No beberé ya más hasta tan tarde. Otra vez soy el tiempo que me queda. Detrás de la penumbra yace un cuerpo desnudo y hay un chorro de música insidiosa
Amor, primera forma de vivir, escucha: ¿eres tú la tristeza que enciende mi destino, o acaso sólo existes desde un ser que sonríe mientras tiemblan sus ojos esperando en los míos remansarse?
Unas palabras son inútiles y otras acabarán por serlo mientras elijo para amarte más metódicamente aquellas zonas de tu cuerpo aisladas por algún obstinado depósito de abulia, los recodos quizá donde mejor se expande ese rastro de tedio