Pero ¿qué están hablando esos poetas de ahí de la palabra? Siempre en discusiones de modisto: que si desceñida o apretada... que si la túnica o que si la casaca... La palabra es un ladrillo, ¿Me oísteis?... ¿Me ha oído usted, Señor Arcipreste? Un ladrillo. El ladrillo para levantar la Torre... y la Torre tiene que ser alta... alta, alta... hasta que no pueda ser más alta. Hasta que llegue a la última cornisa de la última ventana del último sol y no pueda ser más alta. Hasta que ya entonces no quede más que un ladrillo solo, el último ladrillo... la última palabra, Para tirárselo a Dios, con la fuerza de la blasfemia o de la plegaria... Y romperle la frente... a ver si dentro de su cráneo está la Luz o está la Nada.
Madre... no me riñas, que ya nunca vuelvo a ser malo... No me riñas, madre... que ya no vuelvo a llenarme de barro. Madre... no me riñas, que ya no vuelvo a manchar mi vestido blanco.
-Pero usted ¿quién es? -Yo soy el payaso principal, el mayordomo de la pista... Y me pongo y me quito este gorro de clown como me da la gana. Tengo muchos gorros ¿sabe usted? De todos los colores: gorros que hacen reír y gorros que hacen llorar,
Yo no soy más que un hombre sin oficio y sin gremio, No soy un constructor de cepos. ¿Soy yo un constructor de cepos? ¿He dicho alguna vez: Clavad esas ventanas, poned vidrios y pinchos en las cercas? Yo he dicho solamente: No tengo podadera, ni tampoco
(A todos los judíos del mundo, mis amigos, mis hermanos)
Esos poetas infernales, Dante, Blake, Rimbaud... Que hablen más bajo... ¡Que se callen! Hoy cualquier habitante de la tierra sabe mucho más del infierno