Luna de las tristezas, de Leopoldo Lugones | Poema

    Poema en español
    Luna de las tristezas

    Sintiendo vagar por su elegante persona 
    una desolada intimidad de hastío, 
    la bella solterona 
    (Treinta y ocho años, regio porte, un tanto frío 
    de beldad sajona) 
    desde el tocador ya bastante sombrío 
    vé morir un crepúsculo en el río, 
    y a su confidente suavidad se abandona. 

    La hora se purifica, llena de pesadumbre. 
    Una voz lejana interpela: ¡Pablo!... ¡Pablo! 
    Y un trasatlántico, solemne en la vislumbre. 
    Brama con ronca mansedumbre 
    como el buey en el establo. 
    El muelle desierto ábrese a ignotos emporios; 
    en algunos cables flotan piezas de ropa; 
    y hacia el azul rogado por Ángelus ilusorios, 
    el rancho marinero vaporiza su sopa. 
    Las dársenas, ya opacas de penumbras ligeras. 
    Se paralizan en lívidas charcas. 
    Y cubre las riberas 
    una taciturna quietud de barcas 
    extranjeras... 

    Con el sosiego artístico 
    de un cisne que dilata las acuáticas sedas, 
    un plenilunio místico 
    encanta en blanco lejanas arboledas. 
    La noble solitaria, 
    tiene las penas lógicas de ese cuadro tan propio; 
    y su inquietud pasionaria 
    asciende como una plegaria 
    hacia aquella luna de opio. 
    Su último amor se ha desvanecido 
    bajo el silencio de una dignidad sombría, 
    en la ilusión de un precoz marido 
    algo bachiller todavía. 
    El trivial jovenzuelo, 
    pasó junto a aquella insospechada fortuna, 
    como un transeúnte pasa mirando al cielo. 
    Por episodios de estos llora más de una. 

    Fué aquella noche fatal, noche de luna 
    también. Un sauce palidecía hoja por hoja 
    en el jardín. Y en el balcón obscuro, 
    vestida de blanco palpitaba su congoja. 
    El fumaba pausadamente su puro. 

    Hablaron algo de crónica mundana; 
    de Lohengrín que tuvo este año un mal reparto; 
    del casamiento de Lucía Quintana... 
    Pero a las once menos cuarto. 
    El joven, decididamente inepto, 
    murmuró, «señorita...» 
    y concluyó su visita 
    como siempre. ¡Ah, la eternidad de este concepto! 
    ¡Siempre! Y su alma sombría y tierna, 
    como humedad volátil se le hiela en la frente. 
    Con dulzura casi materna. 
    Evoca el par de ligas que estrenó inútilmente... 
    Su falda violeta. 
    Emanaba el perfume inherente; 
    y en el jardín, al lado de la habitual glorieta, 
    comentaba su languidez secreta 
    la melancólica frivolidad de la fuente. 

    Piensa con angustia nimia, 
    que ha sido necia su esquivez bisoña; 
    la pérfida alquimia 
    de la luna, la emponzoña, 
    y mientras en el parque macilento. 
    Hila la fuente el lírico cristal de su chorro, 
    su albo cuerpo asume un mal pensamiento, 
    como un lirio que traga un abejorro. 

    Sin duda el ingrato ronda las escuelas, 
    incendiario el ojo, el alma pronta, 
    buscando a las insípidas chicuelas 
    con su moño en la nuca y su vanidad tonta. 
    Mas, ante la pureza de su propia amargura. 
    Su alma abandonando las terrestres querellas, 
    se profundiza en lágrimas, como una noche obscura 
    en estrellas. 

    El lánguido paisaje. 
    Le da la certidumbre de la nada. 
    ¡Quién la creyera en su alto linaje, 
    tan sentimental y tan desdichada! 

    Bajo el dolor exánime que la enerva 
    ante la sandez del joven libertino, 
    —con una compasiva docilidad de cierva— 
    siente que simboliza su destino. 
    La sonrisa fútil é infinita 
    de una estampa siglo dieciocho, 
    sobre una viejecita 
    que roe un bizcocho...