Escayola, de Sylvia Plath | Poema

    Poema en español
    Escayola

    ¡Nunca me liberaré de esto! Ahora soy dos personas: 
    ésta, completamente blanca, y la antigua, amarilla, 
    y la blanca es, sin duda, la más importante. 
    No necesita alimentos, es, ciertamente, uno de los santos 
    indudables. Al principio la odiaba, carecía de lógica propia. 
    Se pasaba los días en la cama conmigo, igual que un cadáver, 
    y yo me asustaba, pues su forma era idéntica a la mía, 

    aunque mucho más blanca, e irrompible, y jamás se quejaba. 
    Era tan fría que me tuvo despierta una semana. 
    Yo le echaba la culpa de todo, pero ella jamás respondía. 
    ¡Qué ridícula conducta, yo no la entendía! Pero ella 
    guardaba silencio. La pegaba, pero no se movía, 
    pacifista sincera, y entonces me dije que deseaba mi amor: 
    comenzó a ser más cálida, y vi entonces sus muchas virtudes. 

    Sin mí no existiría, por eso me mostraba cariño. 
    Yo le daba alma, florecía de ella cual rosa 
    florece de un jarrón de porcelana barata, 
    era yo quien brillaba, no ella con su pulcra blancura, 
    como había pensado al principio. Yo entonces 
    la protegía un poco y ella estaba encantada, era claro 
    que su mente de esclava la regía. 

    Yo aceptaba su culto y a ella le encantaba. 
    Matinal, despertábame del sol al reflejo. En su torso 
    sorprendentemente albo lucía su pulcra 
    nitidez, y su calma y su dura paciencia: 
    mimaba mis debilidades como experta enfermera, 
    poniendo mis huesos en su sitio, para que se curasen. 
    Y, así, nuestro vínculo se volvió más firme. 

    Fue dejando de venirme tan justa, empezó a separárseme. 
    Yo notaba sus críticas a pesar de mí misma, 
    como si mis costumbres la ofendiesen de alguna manera. 
    Dejaba pasar las corrientes y volvióse distraída y lejana. 
    Y la piel me escocía y se me iba pedazo a pedazo 
    sólo porque ella me cuidaba con tanto desvío. 
    Vi por fin el misterio: se creía inmortal. 

    Quería dejarme, se pensaba superior a mí en todo. 
    ¡Y yo que la tenía a oscuras, apilando rencores, 
    malgastando sus días al servicio de un semicadáver! 
    En secreto empezó a desearme la muerte. Y entonces 
    podría cubrirme la boca y los ojos, del todo cubrirme, 
    y llevar mi rostro pintado como funda de momia 
    con la faz faraónica, aunque fuera de barro y de agua. 

    Y yo no podía arrojarla de mí, se apoyaba 
    en mí tanto tiempo que me estaba volviendo inmóvil, 
    habiendo olvidado la manera de andar o sentarme, 
    por eso cuidaba yo mucho de nunca ofenderla 
    o jactarme imprudente de mi cierta venganza. 
    Esta convivencia era igual que vivir con mi tumba: 
    yo dependía de ella, aunque muy contra mi voluntad. 

    Solía pensar que podríamos vivir muy bien juntas, 
    tan unidas estábamos que pudieran pensarnos casadas. 
    Pero ahora comprendo que no compatíamos, que ella 
    sería una santa y yo fea e hirsuta, más tarde o temprano 
    tales diferencias caerían inanes, pues yo recobraba mi fuerza 
    y un día podría vivir sin su apoyo y entonces 
    su cáscara huera y muriente lloraría mi ausencia. 

    Sylvia Plath (Boston, 1932 - Londres, 1963). Escritora estadounidense especialmente conocida como poeta, aunque también es autora de obras en prosa, como la novela semiautobiográfica La campana de cristal (bajo el pseudónimo de Victoria Lucas), así como de relatos y ensayos. Junto con Anne Sexton, Plath es considerada una de las principales cultivadoras del género de la poesía confesional, iniciado por Robert Lowell y W. D. Snodgrass. Plath obtuvo una beca Fulbright que le dio la posibilidad de estudiar en la Universidad de Cambridge, donde continuó escribiendo poesía, y ocasionalmente publicaba su trabajo en el periódico universitario Varsity. Allí, en Cambridge, conoció al poeta inglés Ted Hughes, con quien se casó. Tras su muerte él se encargó de la edición de su poesía completa. 

    • Conozco el fondo, dice ella. Lo conozco con mi gran raíz: 
      Es lo que tú temes. 
      Yo no le temo: he estado allí. 

      ¿Es el mar lo que oyes en mí, 
      sus insatisfacciones? 
      ¿O la voz de la nada, que fue tu demencia? 

    • La mujer se perfecciona. 
      Su cadáver 
      muestra la sonrisa del triunfo, 
      la ilusión de una Griega necesidad 
      flota en los pliegues de su toga, 
      sus desnudos 
      pies parecen decir: 
      hemos llegado muy lejos, se acabó. 

    • La mujer alcanzó la perfección. 
      Su cuerpo muerto muestra la sonrisa de realización, 
      la apariencia de una necesidad griega 
      fluye por los pergaminos de su toga, 
      sus pies desnudos parecen decir, 
      hasta aquí hemos llegado, se acabó. 

    • Pequeñas amapolas, llamitas del infierno: 
      ¿no hacéis ningún daño? 

      Parpadeáis. Y no puedo tocaros. 
      Pongo las manos entre las llamas. Nada quema. 

      Y me agota miraros 
      parpadear así, rugosas, rojo claro, como la piel de una boca. 

    • Soy de plata y exacto. Sin prejuicios. 
      Y cuanto veo trago sin tardanza 
      tal y como es, intacto de amor u odio. 
      No soy cruel, solamente veraz: 
      ojo cuadrangular de un diosecillo. 
      En la pared opuesta paso el tiempo 

    • La bondad corretea por mi casa. 
      La Señora Bondad, ¡qué simpática es! 
      Las joyas azules y rojas de sus anillos humean 
      por las ventanas; los espejos 
      se llenan de sonrisas. 

    • No quiero una caja sencilla, quiero un sarcófago 
      de atigradas rayas y un rostro pintado, redondo 
      como la luna, que mire, quiero 
      estar mirándolo cuando lleguen, escogiendo 
      entre minerales mudos, raíces. Véolos 
      ya: los pálidos, astralmente distantes rostros.