¡Arre montaña!, de Álvaro Sarró | Poema

    Poema en español
    ¡Arre montaña!

    El jefe jefazo tiene cara de mala hostia.
    Lleva el pelo de oreja a oreja, como lamido por un choto.
    Camisa azul, por dentro del pantalón, como sujeción para su barriga colgandera.
    Es aficionado a las broncas, a los improperios, a ver despegar de sus labios múltiples proyectiles salivosos.
    ¡Qué vigor!
    ¡Qué poderío!
    ¡Qué derroche!
    Forma orgullosa parte del Opus Dei.
    Sale de su despacho, todas las mañanas, para asistir a misa.
    O irse de putas, que las malas lenguas, ya se sabe.
    Aunque en su periódico, ni una tía ligera de ropa.
    > La ley no escrita, la decencia, el no-morbo.
    Eso sí, los niños masacrados por bombas sirias o americanas siempre tendrán cabida en nuestro sitio web.
    > Las visitas, las visitas, las visitas.
    Cosas de la comunicación de masas.

    El jefe jefazo es un visionario, un auténtico emprendedor, un orgullo para la clase periodística de nuestro (vuestro) país.
    No entiendo por qué el noventa y cinco por ciento de sus empleados disfrutaría golpeándolo hasta la muerte.

    • Mi vaso de tubo mantiene el equilibrio sobre el curvado expendedor de papel higiénico.
      La rodaja de limón flota impávida entre cubos de hielo en descomposición.
      Meo con las manos en los bolsillos y la espalda contra la puerta del retrete.
      Milagrosamente estoy acertando.

    • En nuestro día a día es imposible captarlo; salvo, quizás, cuando estás embebido en el torbellino de tu imaginación. (Especialmente, si el reloj de la mesilla marca las dos y cuarenta y tres de la madrugada).
      Encerrado, en la habitación asfixiante.

    • Cada día me asemejo un poco más al cadáver que seré.
      Algunas veces la evidencia me atenaza.
      Me paro frente al espejo.
      E intento verme morir.
      Segundo a segundo.
      Célula a célula.
      Una ojerosa imagen me devuelve la tentativa desde el otro lado.

    • El futuro allí enfrente, riéndose de él.
      El pasado detrás, atormentándolo.
      'Suerte que tengo este whisky de oferta', pensó el niñato.
      Y se sirvió otro chorro, procurando acertar en el vaso que se encontraba al otro lado de la ventana de lágrimas.

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