La cuesta, de Álvaro Sarró | Poema

    Poema en español
    La cuesta

    El otro día, a la salida del curro, vi:
    un Mustang,
    rugiendo como una bestia,
    bajando la cuesta.

    Y a los cuarenta segundos:
    un cuatro latas,
    petardeando como una cafetera,
    subiendo la cuesta.

    Aquí se mezclan los días y las vueltas.
    Así que cualquier evento que se salga de lo previsto es muy de agradecer.

    • Me vacío con ojos borrosos.
      En el minúsculo cuarto de baño de hombres hay también una rubia despampanante.
      Treinta y pocos gloriosos años.
      Su pelo me roza la cara.
      'Oye, estás tardando mucho, ¿no?'.
      Huele a cerveza, marihuana y sudor.

    • Las finas hiedras se marchitan en las macetas de mamá.
      Procuran medrar, expandirse, pero el clima no lo consiente.
      Así que se limitan a ver pasar los coches, los perros, las nubes, las avispas, los transeúntes, las horas, los días, asomadas al balcón.

    • Mi vaso de tubo mantiene el equilibrio sobre el curvado expendedor de papel higiénico.
      La rodaja de limón flota impávida entre cubos de hielo en descomposición.
      Meo con las manos en los bolsillos y la espalda contra la puerta del retrete.
      Milagrosamente estoy acertando.

    • Las sirenas azules aúllan atravesando la avenida.
      A toda velocidad.
      Dos, cuatro, seis.
      Se saltan semáforos.
      Provocan frenazos.
      E improperios.
      En Vicálvaro deben de tener mucho follón.
      O un menú del día que te cagas.
      Jornada tras jornada.

    • En nuestro día a día es imposible captarlo; salvo, quizás, cuando estás embebido en el torbellino de tu imaginación. (Especialmente, si el reloj de la mesilla marca las dos y cuarenta y tres de la madrugada).
      Encerrado, en la habitación asfixiante.

    • Nunca me han apuntado a la cabeza con un arma.
      Ni he sacado a un familiar de un charco de vómitos.

      Nunca he sufrido privaciones materiales.
      Ni me he sentido abandonado por los míos.

      Nunca han intentado prenderme fuego.
      Ni me han rajado la cara con una botella.

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