La edad de oro, de Álvaro Sarró | Poema

    Poema en español
    La edad de oro

    Los restos del desayuno acampan sobre el mantel.
    Ella ha tenido un apretón.
    Escucho cómo canta una de esas estúpidas canciones de la radio.
    Su voz ondea desde el cuarto de baño.
    Y tiene una voz preciosa.
    Yo juego al Angry Birds con su teléfono.
    En calzoncillos, tumbando la silla.
    Inclino la cabeza.
    Un reloj de arena (Rdo. de Santander) me observa.
    Su mirada ondea desde la estantería.
    La arena se desliza por su cintura.
    Minúsculas partículas de roja arena roja.
    La existencia se consume, grano a grano a grano.
    Y sólo vuelve a despertar cuando algún genio se encarga de darle la vuelta a todo.
    Pienso en ella.
    En lo guapa que está cuando no se seca el pelo.
    Cuando acudimos al límite de la inmensidad.
    Cuando la brisa del mar le ondula los mechones.
    Cuando se acerca en braguitas, desde el fondo del pasillo, y me roza el cuello con sus labios, y huele a sal, crema hidratante, y a la fusión de nuestros límpidos sudores sobre las sábanas.
    Recuerdos absurdos que ahora se clavan.

    • En nuestro día a día es imposible captarlo; salvo, quizás, cuando estás embebido en el torbellino de tu imaginación. (Especialmente, si el reloj de la mesilla marca las dos y cuarenta y tres de la madrugada).
      Encerrado, en la habitación asfixiante.

    • Cada día me asemejo un poco más al cadáver que seré.
      Algunas veces la evidencia me atenaza.
      Me paro frente al espejo.
      E intento verme morir.
      Segundo a segundo.
      Célula a célula.
      Una ojerosa imagen me devuelve la tentativa desde el otro lado.

    • El futuro allí enfrente, riéndose de él.
      El pasado detrás, atormentándolo.
      'Suerte que tengo este whisky de oferta', pensó el niñato.
      Y se sirvió otro chorro, procurando acertar en el vaso que se encontraba al otro lado de la ventana de lágrimas.

    • Mi vaso de tubo mantiene el equilibrio sobre el curvado expendedor de papel higiénico.
      La rodaja de limón flota impávida entre cubos de hielo en descomposición.
      Meo con las manos en los bolsillos y la espalda contra la puerta del retrete.
      Milagrosamente estoy acertando.

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