l curro. Las piernas me duelen cosa mala. No paran de moverse. El difusor de agua es un cabrón. Te la sirve a grado y medio. Y seguro que está envenenada. O algo peor. La subnormal de la cara taladrada me regaña. 'Oye, el otro día te mandé una noti y te fuiste sin hacerla'. (Lo que no dice es que mi turno había expirado un cuarto de hora antes). 'Ya'. 'A partir de ahora, cuando te marches sin hacer algo, avisa, para que lo haga alguien', rebuzna. 'Vale'. Me dan ganas de escupirle en la cara. Suerte que hoy me marcho y no vuelvo. Sólo me da pena por un par de compañeros. Y por la diseñadora de los ojos azules. Parece simpática.
El futuro allí enfrente, riéndose de él. El pasado detrás, atormentándolo. 'Suerte que tengo este whisky de oferta', pensó el niñato. Y se sirvió otro chorro, procurando acertar en el vaso que se encontraba al otro lado de la ventana de lágrimas.
Un atónito búho de conchas me espía desde detrás de la catedral de Palma, en la estantería azul. La llama de una vela se menea ante los rostros de la Virgen y Jesucristo. Un angelillo toca el laúd, bien cerca.
l curro. Las piernas me duelen cosa mala. No paran de moverse. El difusor de agua es un cabrón. Te la sirve a grado y medio. Y seguro que está envenenada. O algo peor. La subnormal de la cara taladrada me regaña.
La yaya quería agasajar a sus invitados. Así que el yayo tuvo que hacerlo. Era un capón (gallo gigante) precioso. Las plumas negras, brillantes, el pico rojo, brillante, y los ojos de brillante fuego. Lo decapitó en la cocina.