l curro. Las piernas me duelen cosa mala. No paran de moverse. El difusor de agua es un cabrón. Te la sirve a grado y medio. Y seguro que está envenenada. O algo peor. La subnormal de la cara taladrada me regaña. 'Oye, el otro día te mandé una noti y te fuiste sin hacerla'. (Lo que no dice es que mi turno había expirado un cuarto de hora antes). 'Ya'. 'A partir de ahora, cuando te marches sin hacer algo, avisa, para que lo haga alguien', rebuzna. 'Vale'. Me dan ganas de escupirle en la cara. Suerte que hoy me marcho y no vuelvo. Sólo me da pena por un par de compañeros. Y por la diseñadora de los ojos azules. Parece simpática.
Frente a mí, un níveo maniquí femenino. Peluca encarnada y vagina de látex. Quiere absorber mi semen. Nutrirse de mi semilla. Inflar sus tejidos y aportarles la vitalidad de mi esperma.
Un atónito búho de conchas me espía desde detrás de la catedral de Palma, en la estantería azul. La llama de una vela se menea ante los rostros de la Virgen y Jesucristo. Un angelillo toca el laúd, bien cerca.
Me hubiera gustado escribir la continuación de la historia de la hiedra moribunda. De verdad. Pero ha sido reemplazada por una rolliza planta de Aloe Vera.