Le di un vaso de ron Yacaré a la indigente borracha.
Piel fina, ajada. (Como un contrato de principios del siglo XX). Pómulos puntiagudos. Labios resecos. Cara de infinita tristeza.
No fui el buen samaritano de la semana. Me consuelo esforzándome en creer que aquellos mililitros de alcohol destilado infundieron un poco de calor en su maltrecho cuerpo. O que, al menos, le ayudaron a olvidar, durante un momento, que su colchón olía a meados y que el hambre acuchillaba su estómago 24/7.
Los cabrones avariciosos del pueblo han talado todos los chopos de la ribera. Ahora, el río fluye calvo a su paso por el municipio. Entre los lugareños se comenta que los mandatarios se han embolsado 100.000 euros con la acción.
Disfruto de un interesante sueldo. Aprovecho mi privilegiada situación social. Me financio los vicios. Poseo vastos conocimientos teóricos. Me gusta considerarme progresista, creador, artista. Pero la gente superficial (y mala) añade datos a mi descripción.
A veces, estando solo en mi habitación, lloro de angustia. Procuro no hacer ruido, por lo que, generalmente, me cuesta respirar. Escribir no consigue aliviar este miedo a perder a los míos. Vivo atenazado por el temor de que cada instante compartido sea el último.
El dolor de tripa. Las mismas trabas a la hora de narrar. Todo le suena pretencioso, envasado, artificial. Debe recuperar la furia de días pasados. Entonces, las historias brotaban como pus. Removían mentalidades. Eso es lo que trata de hacer.