Un atónito búho de conchas me espía desde detrás de la catedral de Palma, en la estantería azul. La llama de una vela se menea ante los rostros de la Virgen y Jesucristo. Un angelillo toca el laúd, bien cerca.
Pongo el índice sobre el detector. Pita. Se lo piensa. Pita de nuevo. 'Acceso correcto'. Soy el número treinta y cuatro. Entro en la habitación. En su interior, quince personas a las que únicamente conozco de vista. Teclean, se aburren.
El futuro allí enfrente, riéndose de él. El pasado detrás, atormentándolo. 'Suerte que tengo este whisky de oferta', pensó el niñato. Y se sirvió otro chorro, procurando acertar en el vaso que se encontraba al otro lado de la ventana de lágrimas.