La pálida, de Álvaro Sarró | Poema

    Poema en español
    La pálida

    La chusta humea a pocos metros, junto a la mierda fresca de un perro-patada.
    A. debe de estar al caer.
    Nos recogerá en un C4 rojo con corazones pintados en los empañados cristales.
    Ya habrá dejado a su satisfecha novia en casa.
    (Más me vale).

    Pienso.
    Pienso.
    Pienso en asirme con más fuerza.

    Actúo.
    Actúo.
    Actúo, pero mis brazos no encuentran apoyo.

    JP. continúa sincerándose.
    En Springfield, las botas están a buen precio.
    No sé si tengo ganas de potar o de morir.
    Quizá vomite mi muerte y la inmortalidad me envuelva como un edredón-útero.
    Como unas sábanas empapadas en líquido amniótico con sabor a bilis.

    De momento, me limito a lanzar señales de auxilio.
    A ver si mi colega capta el S.O.S.
    De conocer el sistema, parpadearía en Morse.

    • El dolor de tripa.
      Las mismas trabas a la hora de narrar.
      Todo le suena pretencioso, envasado, artificial.
      Debe recuperar la furia de días pasados.
      Entonces, las historias brotaban como pus.
      Removían mentalidades.
      Eso es lo que trata de hacer.

    • A veces, estando solo en mi habitación, lloro de angustia.
      Procuro no hacer ruido, por lo que, generalmente, me cuesta respirar.
      Escribir no consigue aliviar este miedo a perder a los míos.
      Vivo atenazado por el temor de que cada instante compartido sea el último.

    • Tirado en la vieja mecedora.
      En la terraza del apartamento playero.
      Alzo la lata de Estrella Damm.
      Como si fuera el Santo Grial.
      Bebo con los ojos cerrados.
      El agua condensada gotea sobre mi ombligo.
      Acerco esta cerveza mediterránea a mis ojos miopes.

    • Almuerzo en un bar, junto al metro de Avenida de la Ilustración.
      Bocadillo de calamares, tercio de Mahou, puñado de torreznos y 1984.
      Entro a currar en hora y media.
      Tic tac, tic tac.
      Aquí dentro se está de lujo.

    • Las sirenas azules aúllan atravesando la avenida.
      A toda velocidad.
      Dos, cuatro, seis.
      Se saltan semáforos.
      Provocan frenazos.
      E improperios.
      En Vicálvaro deben de tener mucho follón.
      O un menú del día que te cagas.
      Jornada tras jornada.

    • Al sexto cubata solía fantasear con:
      Cambiar su jotabé-cola por un acá-cuarentaysiete.
      Entrar en la pista central.
      Abrirse paso entre la multitud.
      - Entre los cavernícolas que se empujan como ciervos.
      - Entre las féminas de largas piernas y labios rojos.

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