El retorno del héroe, de Álvaro Sarró | Poema

    Poema en español
    El retorno del héroe

    Me he quedado dormido en el vagón.
    Reboto en Las Rosas y despierto en Quevedo.
    Bajo en San Bernardo y tomo el tren de vuelta.

    Un pibe come fideos chinos con los dedos,
    y tira la mitad al suelo del vagón.
    ¿Estarán duretes?
    ¿Será gilipollas?

    La botella se nos terminó a eso de la una y, claro, tuvimos que rapiñar.
    Mi compadre karateca empleó a fondo su don de gentes para rellenar nuestro vaso.
    Borrachos como cubas, dando tumbos por el templo de Debod.
    La gente parecía pasarlo bien, aunque no sé por qué.
    Acabamos arrasando al Trivial en un sofá más caro que mi futuro apartamento,
    y bebiendo whisky con más solera que los Estuardo (en la época que los Estuardo aún tenían solera, por supuesto).

    Subo los escalones metálicos de tres en tres.
    El segurata, joven y macarrónico, juega al fútbol con un tapón.
    Huele a churros y a rocío.

    Domingo, ocho y media de la mañana.

    • Me vacío con ojos borrosos.
      En el minúsculo cuarto de baño de hombres hay también una rubia despampanante.
      Treinta y pocos gloriosos años.
      Su pelo me roza la cara.
      'Oye, estás tardando mucho, ¿no?'.
      Huele a cerveza, marihuana y sudor.

    • Nunca me han apuntado a la cabeza con un arma.
      Ni he sacado a un familiar de un charco de vómitos.

      Nunca he sufrido privaciones materiales.
      Ni me he sentido abandonado por los míos.

      Nunca han intentado prenderme fuego.
      Ni me han rajado la cara con una botella.

    • En nuestro día a día es imposible captarlo; salvo, quizás, cuando estás embebido en el torbellino de tu imaginación. (Especialmente, si el reloj de la mesilla marca las dos y cuarenta y tres de la madrugada).
      Encerrado, en la habitación asfixiante.

    • A veces, estando solo en mi habitación, lloro de angustia.
      Procuro no hacer ruido, por lo que, generalmente, me cuesta respirar.
      Escribir no consigue aliviar este miedo a perder a los míos.
      Vivo atenazado por el temor de que cada instante compartido sea el último.

    • Tipos con toda la cara de un neandertal me observan desde detrás de sus cubatas de cuatro euros.
      Me analizan, dentro de sus posibilidades.
      Se preguntan qué hace una mujer como ella con un niñato como yo.
      Noto sus miradas clavándose en mi cogote.

    • Las finas hiedras se marchitan en las macetas de mamá.
      Procuran medrar, expandirse, pero el clima no lo consiente.
      Así que se limitan a ver pasar los coches, los perros, las nubes, las avispas, los transeúntes, las horas, los días, asomadas al balcón.

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