Rito cuasisatánico, de Álvaro Sarró | Poema

    Poema en español
    Rito cuasisatánico

    La yaya quería agasajar a sus invitados.
    Así que el yayo tuvo que hacerlo.
    Era un capón (gallo gigante) precioso.
    Las plumas negras, brillantes,
    el pico rojo, brillante,
    y los ojos de brillante fuego.
    Lo decapitó en la cocina.
    Con aquel descomunal cuchillo.
    La cabeza comenzó a brincar y rebrincar.
    La sangre se derramó en todas direcciones.
    Sobre las cortinas y el mantel,
    sobre las baldosas y el frigorífico,
    sobre el curso de relojero por fascículos.

    Fue tal la impresión,
    que ninguno lo probó durante el banquete.

    Mi yayo era un hombre bueno.
    '¿Por qué tengo que ser un criminal?', se lamentaba.

    No volvió a matar un bicho.

    • Me vacío con ojos borrosos.
      En el minúsculo cuarto de baño de hombres hay también una rubia despampanante.
      Treinta y pocos gloriosos años.
      Su pelo me roza la cara.
      'Oye, estás tardando mucho, ¿no?'.
      Huele a cerveza, marihuana y sudor.

    • Tipos con toda la cara de un neandertal me observan desde detrás de sus cubatas de cuatro euros.
      Me analizan, dentro de sus posibilidades.
      Se preguntan qué hace una mujer como ella con un niñato como yo.
      Noto sus miradas clavándose en mi cogote.

    • Nunca me han apuntado a la cabeza con un arma.
      Ni he sacado a un familiar de un charco de vómitos.

      Nunca he sufrido privaciones materiales.
      Ni me he sentido abandonado por los míos.

      Nunca han intentado prenderme fuego.
      Ni me han rajado la cara con una botella.

    • A veces, estando solo en mi habitación, lloro de angustia.
      Procuro no hacer ruido, por lo que, generalmente, me cuesta respirar.
      Escribir no consigue aliviar este miedo a perder a los míos.
      Vivo atenazado por el temor de que cada instante compartido sea el último.

    • En nuestro día a día es imposible captarlo; salvo, quizás, cuando estás embebido en el torbellino de tu imaginación. (Especialmente, si el reloj de la mesilla marca las dos y cuarenta y tres de la madrugada).
      Encerrado, en la habitación asfixiante.

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