Tarde de domingo, de Álvaro Sarró | Poema

    Poema en español
    Tarde de domingo

    Estoy tumbado en el sofá.
    Ella, sentada en su sillón.
    Nuestras manos, enlazadas.
    Y en la tele, María Teresa Campos, Ana Obregón, y todo el equipo.
    Ella recuerda sus tiempos de novia.
    Me pregunta por la mía.
    Sonrío, y le acaricio los nudillos.
    Durante la mili, el yayo le enviaba cartas desde Barcelona.
    'Solamente una vez por semana'.
    'No son pocas', le digo.
    Su boca me sonríe.
    Sus ojos se humedecen.
    Nos apretamos las manos, muy fuerte.
    Ya le están entrando en calor.

    Su tobillo derecho se ve amoratado.
    Tiene las venas hinchadas y la espinilla roja de sangre.
    Le beso la cara, mucho.
    Sabe a crema hidratante Nivea.
    Como siempre, desde que puedo recordar.

    Salimos al jardín con papá.
    Yo manejo la silla de ruedas que tanto odia.
    Puta insuficiencia cardiaca.
    Ella ordena y manda.
    Hay que podar, trasplantar, regar, arrancar y barrer.
    Luciano se chotea.
    Los tres nos reímos, como bobos.
    También hay que arreglar la piscina.
    Y proporcionarle sol a la tomatera.
    Los tréboles proliferan.
    Y la silla dobla la esquina.

    Ahora, un zumo de piña.
    Luego, tenemos que volver.

    Y allí se queda Honorina.
    Recostada en su sillón.
    Latinavisión emitiendo.
    Y un par de tarteras en el frigorífico.
    'Cerrad la verja, ¿eh?'.
    Más besos.
    Y la partida.

    El día que sea ella la que se marche, la recordaré caminando.
    Y protestando.
    Y riendo.
    Y queriéndonos, pese a todo.

    Sólo espero tener la oportunidad de besarla, al menos, mil veces antes de que eso ocurra.
    O un millón.

    • El dolor de tripa.
      Las mismas trabas a la hora de narrar.
      Todo le suena pretencioso, envasado, artificial.
      Debe recuperar la furia de días pasados.
      Entonces, las historias brotaban como pus.
      Removían mentalidades.
      Eso es lo que trata de hacer.

    • Estoy tumbado en el sofá.
      Ella, sentada en su sillón.
      Nuestras manos, enlazadas.
      Y en la tele, María Teresa Campos, Ana Obregón, y todo el equipo.
      Ella recuerda sus tiempos de novia.
      Me pregunta por la mía.
      Sonrío, y le acaricio los nudillos.

    • Tirado en la vieja mecedora.
      En la terraza del apartamento playero.
      Alzo la lata de Estrella Damm.
      Como si fuera el Santo Grial.
      Bebo con los ojos cerrados.
      El agua condensada gotea sobre mi ombligo.
      Acerco esta cerveza mediterránea a mis ojos miopes.

    • La vuelta a casa puede resultar dura.

      Tu vieja almohada, raída, fiel, de anchura y dureza justas, ha sido sustituida por una nueva, sintética, de penetrante y desagradable

      O
      L
      O
      R.

      Materiales tóxicos.

    • Los restos del desayuno acampan sobre el mantel.
      Ella ha tenido un apretón.
      Escucho cómo canta una de esas estúpidas canciones de la radio.
      Su voz ondea desde el cuarto de baño.
      Y tiene una voz preciosa.
      Yo juego al Angry Birds con su teléfono.

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