Luna de agosto, de Carlos Barral | Poema

    Poema en español
    Luna de agosto


    Insistió en no acercarse demasiado, 
    temerosa de la intimidad caliente del esfuerzo, 
    pero los que pasaban 
    cerca con los varales y las pértigas 
    nos sonreían, 
    y sentía con orgullo su presencia 
    y que fuese mi prima (aún recuerdo 
    sus ojos en la linde 
    del círculo de luz, brillando 
    como unos ojos de animal nocturno). 
    Yo quería que viese 
    aquel vivo episodio de argonautas 
    que era mi propiedad, de mi experiencia: 

    Primero las antorchas, 
    la llama desigual de gasolina, 
    luego, súbitamente, 
    la luz del petromax, violenta, 
    haciendo restallar los colores, el brillo 
    de la escama pegada a las amuras, 
    y los hombres, 
    veinte tal vez, que intentan, 
    azuzándose a gritos, 
    mover el casco hacia la mar 
    que latía detrás como un espejo. 

    -Mira, ya arranca-. 
    Una espina de palos 
    que caen en el momento 
    preciso, y gime la madera y cantan 
    los garfios en cubierta. Verde 
    esmeralda el agua 
    como menta al trasluz, y ellos 
    tensos como en un friso 
    segado por sus hojas, o trepando 
    desnudos mientras boga 
    suave olas adentro... 

    Luego, mientras la lancha se alejaba 
    se vieron cruzar cuerpos bajo el fanal, 
    músculos dilatados, armonía 
    física, y sentimos 
    que la brisa, como un objeto amable, 
    se apoderaba del lugar en que dejaron 
    una estela de huellas y carriles. 
    Miré a la altura de su voz. -¿Nos vamos?- 
    dijo, y la sombra azulada del cabello 
    la recortaba en una mueca triste. 
    Dulce. Me conmovió que fuera 
    cosa de la naturaleza, como parte 
    de su incierto castillo de hermosura. 
    Pero ahora que la hermosura me parece 
    cosa de la naturaleza sin misterio, 
    pienso si no sería por contraste, 
    si estaría pensando en las medidas 
    de su gloria cercana, en los silencioa 
    de un atento aspirante al notariado 
    con zapatos lustrosos y un destino 
    decente... Caminaba 
    despacio hacia la calle alborotada. 
    Las luces del festejo 
    brincaban en su blusa 
    como una gruesa sarta de abalorios.