Los alimentos corporales, de Carlos Marzal | Poema

    Poema en español
    Los alimentos corporales


    Llamar amor a lo que tú y yo hacemos 
    es cometer una sensiblería 
    indigna de nosotros, que aún somos amantes. 
    Eso es mejor que lo hagan los demás, 
    aquéllos que precisan aguar un vino fuerte. 
    Lo nuestro es un fenómeno distinto, 
    sin ningún circunloquio, sin grumos literarios. 
    Se manifiesta en el arrastramiento 
    recíproco. Consiste en una prospección 
    para obtener placer y para darlo, 
    un hurto generoso que se ofrece egoísta. 
    Es un duro trabajo en las calderas 
    de nuestra intimidad, un primitivo 
    cerco en torno al castillo de la vida. 
    La carne se alimenta de la carne, 
    de su mutuo veneno jubiloso. 
    Lo que hacemos tú y yo no es el amor. 
    A no ser que se entienda por ello un sacrificio 
    donde nos ofrecemos a los dioses suicidas 
    que habitan en el pozo de nuestra propia sangre. 
    Para nombrarlo habría que incurrir 
    en palabras que algunos consideran obscenas, 
    aunque la obscenidad tampoco lo define, 
    porque no pretendemos aleccionar a nadie 
    ni sobre el impudor, ni sobre la virtud. 
    Lo que mejor explica, sin agotarla nunca, 
    la bárbara pureza del deseo recíproco 
    es una cacería de animales 
    y el hartazgo feliz en que se sacian, 
    con los ojos cerrados contra el tiempo, 
    en el avaro éxtasis de su feroz banquete. 
    Para la bestia octópoda que engendramos tú y yo, 
    son una estupidez los términos pacíficos, 
    un triste deshonor en la batalla. 
    No hacemos el amor, desvalijamos 
    con codicia nocturna en la casa del cuerpo.