El Monstruo, de Charles Baudelaire | Poema

    Poema en español
    El monstruo


       I 


    En verdad, tú no eres, mi bienamada, 
    lo que Veuillot denomina una chiquilla. 
    El juego, el amor, la buena comida, 
    hierven en ti, ¡viejo caldero! 
    Ya no eres más fresca, amada mía, 

    ¡mi vieja infanta! Y, empero, 
    tus correrías insensatas 
    te han dado este brillo abundante 
    de las cosas que, muy gastadas, 
    todavía seducen. 

    Yo no encuentro monótono 
    el verdor de tus cuarenta años; 
    ¡prefiero tus frutos, Otoño, 
    a las flores banales de la Primavera! 
    ¡No! ¡Jamás eres monótona! 

    Tu osamenta tiene atractivos 
    y gracias particulares; 
    yo encuentro extrañas especias 
    en la cavidad de tus dos saleros; 
    ¡tu osamenta tiene atractivos! 

    ¡Befa de amantes ridículos 
    del melón y de la calabaza! 
    Yo prefiero tus clavículas 
    a las del rey Salomón, 
    ¡y compadezco a esa gente ridícula! 

    Tus cabellos, como un casco azul, 
    sombrean tu frente de guerrera, 
    que no piensa ni se abochorna mucho, 
    y además se escapan por detrás, 
    cual las crines de un casco azul. 

    Tus ojos, que parecen lodo 
    donde brilla algún fanal, 
    reavivados con el colorete de tu mejilla, 
    ¡lanzan un destello infernal! 
    ¡tus ojos son negros como el lodo! 

    Por su lujuria y su desdén 
    tu labio amargo nos provoca; 
    este labio, es un Edén 
    que nos atrae y que nos choca. 
    ¡qué lujuria! ¡Y cuánto desdén! 

    Tu pierna musculosa y seca 
    sabe trepar hasta lo alto de los volcanes, 
    y, malgrado la nieve y los desechos, 
    bailar los más fogosos cancanes. 
    Tu pierna es musculosa y seca; 

    tu piel ardiente y áspera, 
    como la de los viejos gendarmes, 
    no conoce más el sudor 
    así como tus ojos ignoran las lágrimas. 
    (¡Y, empero, tiene su suavidad!) 



       II 


    ¡Tonta! ¡Te vas directamente al Diablo! 
    De buen grado yo iría contigo, 
    si esa velocidad espantosa 
    no me causara cierta emoción. 
    ¡Vete, pues, sola, al Diablo! 

    Mi riñón, mi pulmón, mi corva 
    no me permiten más rendir homenaje 
    a este Señor, como convendría. 
    '¡Ay de mí! ¡Realmente es una lástima!' 
    Dicen mi riñón y mi corva. 

    ¡Oh! Sinceramente yo siento 
    no concurrir a los sabats, 
    para ver, cuando pedorrea el azufre, 
    ¡cómo tú le besas su culo! 
    ¡Oh! ¡Sinceramente yo sufro! 

    Estoy endiabladamente afligido 
    de no ser tu antorcha, 
    y de pedirte licencia, 
    ¡llama infernal! Juzga, querida mía, 
    cuánto he de estar afligido, 

    pues que, desde largo tiempo yo te amo, 
    ¡siendo tan lógico! En efecto, 
    queriendo del Mal buscar la crema 
    y no amar sino un monstruo perfecto, 
    ¡verdaderamente, sí! Viejo monstruo, ¡yo te amo!

    Charles Baudelaire (París, 9 de abril de 1821 - 31 de agosto de 1867) fue poeta, traductor y crítico. Considerado el precursor del movimiento simbolista y de la poesía moderna, su vida estuvo marcada por una infancia difícil y por los excesos, lo que lo convirtió en un "poeta maldito". En 1857, tras la publicación de Las flores del mal, fue acusado por atentar contra la moral pública, por lo que seis de sus poemas no vieron la luz hasta 1949. Baudelaire es un genio de la literatura francesa, único en el dominio del ritmo y la forma, enfrentado y atraído durante toda su vida por lo divino y lo diabólico, por lo que sus poemas describen al ser humano más glorioso y más mísero a la vez. Algunas de sus obras son: Los salones (1845-1846), Los paraísos artificiales (1860), su única novela, La Fanfarlo (1847), sus diarios íntimos, Cohetes, y sus numerosas traducciones de la obra de Edgar Allan Poe.