Poemas para jefes de personal, de Charles Bukowski | Poema

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    Poemas para jefes de personal

    Un viejo me pidió un cigarrillo 
    y saqué dos con cuidado. 
    «Vengo a buscar trabajo. voy a esperar 
    al sol y fumar.» 
    Raído y rabioso 
    se recostaba contra la muerte. 
    Era un día frío, por cierto, y los camiones 
    cargados y pesados como putas viejas 
    embarullaban y enmarañaban las calles... 
    Nos hundimos como tablas de un suelo podrido 
    mientras el mundo lucha por desbloquear 
    la estructura que le atenaza el cerebro. 
    (Dios es un local vacío donde no hay filetes.) 
    Somos pájaros agonizantes 
    barcos que se hunden... 
    el mundo nos sacude y nos aplasta 
    y nosotros 
    sacamos los brazos 
    sacamos las piernas 
    bajo el beso mortal de un ciempiés: 
    pero ellos nos dan amables palmaditas en la espalda 
    y dicen que es «política» nuestro veneno. 
    Bueno, fumamos, él y yo, pobres hombres 
    mascullando pensamientos insignificantes... 
    No todos los caballos llegan, 
    y cuando veas encenderse y apagarse 
    las luces de las cárceles y de los hospitales, 
    y a los hombres manipular las banderas con tanto cuidado 
    como si fuesen recién nacidos 
    recuerda esto: 
    eres un gran instrumento engullidor 
    con corazón y vientre, cuidadosamente planificado, 
    así que si coges un avión a Savannah, 
    coge el mejor; 
    o si comes polio sobre una roca, 
    haz que sea un animal muy especial. 
    (Tú lo llamas ave; yo llamo a las aves 
    flores.) 
    Y si decides matar a alguien, 
    haz que sea un cualquiera y no alguien: 
    algunos hombres están hechos de un material especial, 
    precioso: no mates, 
    si vas a hacerlo, 
    a un presidente o a un rey 
    o a un hombre 
    que tenga un despacho... 
    ésos tienen alcances celestiales 
    actitudes ilustradas. 
    Si te decides, 
    elígenos a nosotros 
    que esperamos y fumamos y miramos aviesamente; 
    que estamos consumidos por las penas y 
    febriles 
    de subir escalas rotas. 
    Elígenos 
    nunca fuimos niños 
    como vuestros niños. 
    No entendemos canciones de amor 
    como vuestras amadas. 
    Nuestros rostros son linóleo resquebrajado, 
    resquebrajado por las pisadas 
    fuertes, seguras, de nuestros amos. 
    A nosotros nos han criado con hojas de zanahoria 
    con semillas de sésamo y una gramática violenta; 
    malgastamos los días como mirlos enloquecidos 
    y nos entregamos al alcohol por las noches. 
    Nuestra leve sonrisa forzada nos cubre 
    como el confeti de un extraño: 
    y ni siquiera participamos de la Fiesta. 
    Somos una escena trazada con el 
    blanco pincel enfermizo de esta Época. 
    Fumamos, dormidos como higos en un plato. 
    Fumamos, tan muertos como la niebla. 
    Elígenos. 
    Un asesinato en la bañera 
    o algo rápido y brillante; nuestros nombres 
    en los periódicos. 
    Conocidos, por fin, un instante 
    para millones de ojos indiferentes, embotados de 
    noticias 
    que se reservan 
    para parpadear y brillar sólo 
    ante los simples sarcasmos de taberna 
    de sus correctos comediantes 
    caprichosos y engreídos. 
    Conocidos, por fin, un instante, 
    como lo serán ellos 
    como lo serás tú 
    por un hombre todo gris en un caballo todo 
    gris que está sentado y acaricia una espada 
    más larga que la noche 
    más larga que la doliente cresta de las montañas 
    más larga que todos los lamentos 
    que han surgido de las gargantas 
    y han explotado en una tierra 
    más nueva, menos planificada. 
    Fumamos y las nubes nos ignoran. 
    Pasa un gato y se sacude a Shakespeare 
    del lomo. 
    Sebo, sebo, vela cual cera: nuestra espina dorsal 
    es débil y nuestra conciencia quema 
    sin malicia hasta el final 
    lo que queda de la mecha que la vida 
    nos ha otorgado parcamente. 
    Un viejo me pidió un cigarrillo 
    y me contó sus problemas 
    y esto 
    fue lo que dijo: 
    que esta Época es un crimen 
    que la Piedad se ha refugiado bajo mármoles 
    y el Odio se ha refugiado en el 
    dinero. 
    Podía haber sido un obseso sexual 
    o un Santo. 
    Pero fuese lo que fuese 
    estaba condenado 
    y los dos esperábamos al sol 
    fumando 
    y mirando 
    ociosos quién sería 
    el siguiente.

    Charles Bukowski nació en Adernach, (1920-1994). Vivió en su infancia y adolescencia en un entorno familiar y social violento, hecho que marcaría el devenir de su posterior producción literaria. Pieza capital de la que se vino en llamar generación beat, su vida fue tan radical como las historias narradas en sus propias obras. Adicto al sexo, las drogas y el alcohol, su literatura, casi autobiográfica, es fiel reflejo de su lucha contra el aburguesamiento y la comodidad. Su realismo descarnado y lírico y su humor ácido y desencantado han influido en multitud de escritores de generaciones posteriores.