Raíces del odio, de Dámaso Alonso | Poema

    Poema en español
    Raíces del odio

    ¡Oh profundas raíces, 
    amargor de veneno hasta mis labios 
    sin estrellas, sin sangre! 
    ¡Furias retorcedoras 
    de una vida delgada en indeciso 
    perfume! ¡Oh yertas, soterradas furias! 

    ¿Quién os puso en la tierra 
    del corazón? Que yo buscaba pájaros 
    de absorto vuelo en la azorada tarde, 
    jardines vagos cuando los crepúsculos 
    se han hecho dulce vena, 
    tersa idea divina, 
    si hay tercas fuentes, sollozante música, 
    dulces sapos, cristal, agua en memoria. 
    Que yo anhelaba aquella flor celeste, 
    rosa total -sus pétalos estrellas, 
    su perfume el espacio, 
    y su color el sueño- 
    que en el tallo de Dios se abrió una tarde, 
    conjunción de los átomos en norma, 
    el tibio, primer día, 
    cuando amor se ordenaba en haces de oro. 

    Y llegabais vosotras, llamas negras, 
    embozadas euménides, enlutados espantos, 
    raíces sollozantes, 
    vengadoras raíces, 
    seco jugo de bocas ya borradas. 

    ¿De dónde el huracán, 
    el fúnebre redoble 
    del campo, los sequísimos 
    nervios, mientras los agrios violines 
    hacen crujir, saltar las cuerdas últimas? 
    ¡Y ese lamer, ese lamer constante 
    de las llamas de fango, 
    voracidad creciente 
    de las noches de insomnio, negra hiedra 
    del corazón, mano de lepra en flecos 
    que retuerce, atenaza 
    las horas secas, nítidas 
    inacabables, ay, 
    hozando con horrible 
    mucosidad, 
    tibia mucosidad, 
    la boca virginal, estremecida! 
    ¡Oh! ¿De dónde, de dónde, vengadoras? 

    ¡Oh vestiglos! ¡Oh furias! 
    Ahí tenéis el candor, los tiernos prados 
    las vaharientas vacas de la tarde, 
    la laxitud dorada y el trasluz de la dulces ojeras, 
    ¡ay viñas de San Juan, 
    cuando la ardiente lanza del solsticio 
    se aterciopela en llanto! 

    Ahí tenéis la ternura 
    de las tímidas manos ya no esquivas, 
    de manos en delicia, abandonadas 
    a un fluir de celestes nebulosas, 
    y las bocas de hierba suplicante 
    próximas a la música del río. 
    ¡Ay del dulce abandono! ¡Ay de la gracia 
    mortal de la dormida primavera! 

    ¡Ay palacios, palacios, 
    termas, anfiteatros, graderías, 
    que robasteis sus salas a los vientos! 
    ¡Ay torres de mi afán, ay altos cirios 
    que vais a Dios por las estrellas últimas! 
    ¡Ay del esbelto mármol, ay del bronce! 

    Ay chozas de la tierra, 
    que dais sueño de hogar al mediodía, 
    borradas casi en sollozar de fuente 
    en el bullir del romeral solícito, 
    rubio de miel sonora! 

    ¿Pero es que no escucháis, es que no veis 
    cómo el fango salpica 
    los últimos luceros putrefactos? 
    ¿No escucháis el torrente de la sangre? 
    ¡Y esas luces moradas, 
    esos lirios de muerte que galopan 
    sobre los duros hilos de los vientos! 

    Sí, sois vosotras, hijas de la ira, 
    frenéticas raíces 
    que penetráis, que herís, 
    que hozáis, que hozáis con vuestros secos brazos, 
    flameantes banderas de victoria, 
    donde lentas se yergen, 
    súbitas se desgarran 
    las afiladas testas viperinas. 

    Sádicamente, sabiamente 
    morosamente, 
    roéis la palpitante, 
    la estremecida pulpa voluptuosa. 
    Lúbricos se entretejen 
    los enormes meandros, 
    las pausadas anillas; 
    y las férreas escamas 
    abren rastros de sangre y de veneno. 

    ¡Cómo atraviesa el alma vuestra gélida 
    deyección nauseabunda! 
    ¡Cómo se filtra el acre, 
    el fétido sudor de vuestra negra 
    corteza sin luceros, 
    mientras salta en el aire en amarilla 
    lumbrarada de pus, vuestro maldito 
    semen...! 

    ¡Morir! ¡Morir! 
    ¡Ay, no dais muerte al mundo, sí alarido, 
    agonía, estertor inacabables! 

    Y ha de llegar un día 
    en que el mundo será sorda maraña 
    de vuestros fríos brazos, 
    y una charca de pus el ancho cielo, 
    raíces vengadoras, 
    ¡oh lívidas raíces pululantes, 
    oh malditas raíces 
    del odio, en mis entrañas, 
    en la tierra del hombre!

    Dámaso Alonso nació en Madrid en 1898. Catedrático, acádemico y poeta, impartió cursos de Literatura española en prestigiosas universidades de Europa y América. Colaborador asíduo de la Revista Española de Filología, dirigió la Biblioteca Románica Hispánica, en la que aparecieron los textos de mayor importancia en el campo de la crítica literaria y de investigación filológica española. Su obra se proyecta en una triple dimensión: la investigación literaria, la prosa y la creación poética. En el primer campo, centra su interés en los autores del siglo de Oro. Destaca la edición de Soledades de Góngora. Un extraordinario trabajo de investigación e interpretación que analiza con fino espíritu de poeta el mundo metafórico del autor barroco. Como poeta, desde sus poemas iniciales hasta su consagración con Hijos de la ira, su estilo evoluciona ágilmente hacia la liberación de los vínculos clásicos de la rima y la forma, en un claro proceso de perfeccionamiento poético. Hijos de la ira (1944) constituye una de las obras más bellas y representativas de la poesía moderna española. En 1978 le fue concedido el Premio Cervantes. Falleció en Madrid en 1990.