Apostilla, de Fernando Pessoa | Poema

    Poema en español
    Apostilla

    ¡Aprovechar el tiempo! 
    ¿Pero qué es el tiempo, para que yo lo aproveche? 
    ¡Aprovechar el tiempo! 
    Ningún día sin línea... 
    El trabajo honesto y superior... 
    El trabajo a la manera de Virgilio, a la de Milton... 
    ¡Pero es tan difícil ser honesto o superior! 
    ¡Es tan poco probable ser Milton o ser Virgilio! 

    ¡Aprovechar el tiempo! 
    Arrancar del alma los bocados precisos —ni más ni menos— 
    para reunir con ellos los bloques precisos 
    que marcan sus improntas firmes en la historia 
    (y que también son firmes del lado de abajo que no se ve)... 
    Poner las sensaciones en un castillo de naipes, pobre China de las veladas, 
    y los pensamientos en dominó, igual con igual, 
    Y la voluntad en carambola difícil. 
    Imágenes de juegos o de solitarios o de pasatiempos — 
    Imágenes de la vida, imágenes de las vidas, Imágenes de la Vida. 

    Verbalismo... 
    Sí, verbalismo... 
    ¡Aprovechar el tiempo! 
    No tener un minuto que el examen de consciencia desconozca. 
    No tener un acto indefinido ni facticio... 
    No tener un movimiento ajeno a los propósitos... 
    Buenas maneras del alma... 
    Elegancia de persistir... 

    ¡Aprovechar el tiempo! 
    Mi corazón está cansado como mendigo verdadero. 
    Mi cerebro está listo como un fardo puesto al rincón. 
    Mi canto1 (¡verbalismo!) está tal como está y es triste. 
    ¡Aprovechar el tiempo! 
    Desde que comencé a escribir han pasado cinco minutos. 
    ¿Los he aprovechado o no? 
    Si no sé si los aproveché, ¿qué voy a saber de otros minutos? 

    (Pasajera que viajabas tantas veces en el mismo compartimiento conmigo 
    en el tren suburbano, 
    ¿llegaste a interesarte en mí? 
    ¿Aproveché el tiempo mirándote? 
    ¿Cuál fue el ritmo de nuestro sosiego en el tren en marcha? 
    ¿Cuál fue el entendimiento que no llegamos a tener? 
    ¿Cuál fue la vida que hubo en esto? ¿Acaso fue esto la vida?) 

    ¡Aprovechar el tiempo! 
    ¡Ah, déjenme que no aproveche nada! 
    ¡Ni tiempo, ni ser, ni memorias de tiempo o de ser!... 
    Déjenme ser una hoja de árbol, estremecida por brisas, 
    el polvo de un camino involuntario y solo, 
    el surco dejado en el camino por las ruedas mientras no pasen otras, 
    el trompo2 del muchacho, a punto de parar, 
    que oscila, con el mismo movimiento que la tierra, 
    y se estremece, con el mismo movimiento que el alma, 
    y cae, como caen los dioses, en el suelo del Destino.