Opiario, de Fernando Pessoa | Poema

    Poema en español
    Opiario

    Al señor Mário de Sá-Carneiro 
     
    Es antes del opio que mi alma está enferma. 
    Sentir la vida que convalece y se seca 
    y voy en busca del opio que consuela 
    un Oriente al oriente del Oriente. 

    Esta vida de a bordo ha de matarme. 
    Son días sólo de fiebre en la cabeza 
    y, por más que busque hasta que enferme, 
    ya no encuentro el resorte para adaptarme. 

    En paradoja e incompetencia astral 
    yo vivo a rayas de oro mi vida, 
    ola donde el pundonor es un descenso 
    y los propios goces ganglios de mi mal. 

    Es por un mecanismo de desastres, 
    un engranaje con volantes falsos, 
    que paso entre visiones de cadalsos 
    en un jardín donde hay flores en el aire, sin astas. 

    Voy oscilando a través de la labor 
    de una vida interior de encaje y laca. 
    Creo tener en casa el cuchillo 
    con que fue degollado el Precursor. 

    Ando expiando un crimen en una valija, 
    aue un abuelo mío cometió con esmero. 
    Tengo los nervios en la horca, veinte a veinte, 
    y caí en el opio como en una cuneta. 

    Al toque adormecido de la morfina 
    me pierdo en transparencias palpitantes 
    y en una noche llena de brillantes 
    se eleva la luna como mi Destino. 

    Yo, que siempre fui un mal estudiante, ahora 
    no hago más que ver la nave que va 
    por el canal de Suez conduciendo 
    mi vida, alcanfor en el alba. 

    Perdí los días que ya aprovechara. 
    Trabajé sólo para tener el cansancio 
    que es hoy en mí una especie de brazo 
    que a mi cuello me sofoca y ampara. 

    Y fui niño como toda la gente. 
    Nací en una provincia portuguesa 
    y he conocido gente inglesa 
    que dice que sé inglés perfectamente. 

    Gustaba de tener poemas y novelas 
    publicadas por Pión y en el Mercure, 
    mas es imposible que esta vida dure. 
    ¡Si en este viaje ni hubo tempestades! 

    La vida a bordo es una cosa triste 
    si bien la gente se divierte a veces. 
    Hablo con alemanes, suecos e ingleses 
    y mi dolor de vivir persiste. 

    Y pienso que no vale la pena haber 
    ido al Oriente y visto la India y China. 

    La tierra es la misma y diminuta 
    y hay sólo una manera de vivir. 

    Por eso yo fumo opio. Es un remedio. 
    Soy un convaleciente del Momento. 
    Vivo en la planta baja del pensamiento 
    y me da tedio ver pasar la Vida. 

    Fumo. Me canso. ¡Ah, una tierra donde, al fin, 
    muy al este no fuera ya el oeste! 
    ¿Por qué visité la India que hay 
    si no hay India sino el alma en mí? 

    Soy desgraciado por mi primogenitura. 
    Los gitanos robaron mi Suerte. 
    Tal vez ni así encuentre al pie de la muerte 
    un lugar que me abrigue de mi frío. 

    Fingí que estudié ingeniería. 
    Viví en Escocia. Visité Irlanda. 
    Mi corazón es una abuelita que anda 
    pidiendo limosnas a las puertas de la Alegría. 

    ¡No llegues a Port-Said, barco de hierro! 
    Gira a la derecha, ni yo sé hacia dónde. 
    Paso los días en el fumador con el conde— 
    un vividor francés, conde de final de entierro. 

    Regreso a Europa disgustado, y en vías 
    de llegar a ser un poeta sonámbulo. 
    Soy monárquico mas no católico 
    y me gustaba ser las cosas fuertes. 

    Me gustaba tener creencias y dinero, 
    ser la varia gente insípida que vi. 
    hoy, al final, no soy sino, aquí, 
    en un barco cualquier un pasajero. 

    No tengo ninguna personalidad. 
    Destaca más que yo ese criado 
    de a bordo que tiene una hermosa pose estirada 
    de lord escocés que ayuna desde hace días. 

    No puedo estar en ninguna parte. Mi 
    patria es donde no estoy. Soy achacoso y débil. 
    El comisario de abordo es un bellaco. 
    Me vio con la sueca... y lo demás él lo adivina. 

    Un día escandalizo aquí a bordo, 
    sólo para dar de qué hablar a los demás. 
    No puedo con la vida, y encuentro fatales 
    las iras con que a veces me desbordo. 

    ¡Paso el día fumando, bebiendo cosas, 
    drogas americanas que atontan, 
    y yo ya tan ebrio sin nada! Dieran 
    mejor cerebro a mis nervios como rosas. 

    Escribo estas líneas. ¡Parece imposible 
    que aun teniendo talento mal lo sienta! 
    El hecho es que esta vida es un huerto 
    donde se aburre una alma sensible. 

    Los ingleses son hechos para existir. 
    No hay gente como esta para estar hecha 
    con la Tranquilidad. La gente arroja 
    un centavo y sale uno de ellos a sonreír. 

    Pertenezco a una clase de portugueses 
    que después de haber descubierto la India 
    se quedaron sin trabajo. La muerte es cierta. 
    He pensado en esto muchas veces. 

    ¡Al diablo la vida y la gente que la tiene! 
    Ni leo el libro de mi cabecera. 
    Me enfada el Oriente. Es una estera 
    que la gente enrolla y deja de ser bella. 

    Caigo en el opio por fuerza. Querer 
    que pase en limpio una vida de estas 
    no se puede exigir. Almas honestas 
    con horas para dormir y comer, 

    ¡qué un rayo las parta! Y esto al final es envidia. 
    Porque estos nervios son mi muerte. 
    ¡Que no haya un barco que me transporte 
    hacia donde nada quiera que no lo vea! 

    ¡Ahora! Me fatigaba del mismo modo. 
    Quería un opio más fuerte para ir de allí 
    hacia sueños que acabasen conmigo 
    y que me arrojase en algún lodo. 

    ¡Fiebre! Si esto que tengo no es fiebre, 
    no sé cómo se tiene fiebre y se siente. 
    El hecho esencial es que estoy enfermo. 
    Esto está consumado amigos. 

    Vino la noche, Tocó ya la primera 
    corneta para vestirse y la cena. 
    ¡Toda una vida social! ¡Eso! ¡Y marchar 
    hasta que la gente salga apergollada! 

    Porque esto acaba mal y ha de haber 
    (¡cómo no!) sangre y un revólver allá al fin 
    de este desasosiego que hay en mí 
    y no hay forma de resolver. 

    Y quien me mira, ha de hallarme banal, 
    a mí y a mi vida... ¡Ahora! Un rapaz... 
    Y mi propio monóculo hace 
    que pertenezca a un tipo universal. 

    ¡Ah, cuánta alma habrá, que ande metida 
    así como yo en la Rectitud, y como yo mística! 
    ¿Cuántos bajo el frac característico 
    no tendrán como yo horror a la vida? 

    ¡Si al menos por fuera fuese yo tan 
    interesante como lo soy por dentro! 
    Voy en el Maelström, cada vez más hacia el centro. 
    No hacer nada es mi perdición. 

    Un inútil. ¡Mas es tan justo serlo! 
    Pudiera la gente despreciar a los otros 
    y, aunque con los codos rotos, 
    ser héroe, loco, maldecido o bello! 

    Tengo ganas de llevar mis manos 
    a la boca y morder en ellas fuerte y castigarme. 
    Sería una ocupación original 
    y distraería a los otros, los dizque sanos. 

    Lo absurdo, como una flor de la tal India 
    que no vine a encontrar en la India, nace 
    en mi cerebro harto de cansarse. 
    Que Dios cambie mi vida o que la acabe... 

    Que me deje estar aquí, en esta silla, 
    hasta que me metan en el cajón. 
    Nací para mandarín de condición, 
    mas me falta el sosiego, el té y la estera. 

    ¡Ah qué bueno sería ir de aquí en caída 
    hacia la tumba por una trampa de estruendo! 
    La vida me sabe a tabaco rubio. 
    Nunca hice más que pasar la vida fumando. 

    Y al final lo que quiero es fe, es calma, 
    y no tener esas sensaciones confusas. 
    ¡Que Dios acabe con esto! Abra las esclusas 
    ¡y basta de comedias en mi alma! 



    A bordo, por el Canal de Suez