Un día, en un restaurante, fuera del espacio y del tiempo, me sirvieron el amor como callos fríos. Delicadamente dije al encargado de la cocina que los prefería calientes, que los callos (y eran a la manera de Oporto) nunca se comen fríos.
Se impacientaron conmigo. Nunca se puede tener razón, ni en un restaurante. No comí, no pedí otra cosa, pagué la cuenta y me fui a dar una vuelta por la calle.
¿Quién sabe lo que quiere decir esto? Yo no lo sé, y pasó conmigo…
(Sé muy bien que en la infancia de todo el mundo hubo un jardín, particular o público, o del vecino. Sé muy bien que el que jugáramos era lo propio de él. Y que la tristeza es de hoy.)
Lo sé de sobra, pero si yo pedí amor, ¿por qué entonces me trajeron callos a la manera de Oporto fríos? No es plato que se pueda comer frío, pero me lo trajeron frío. No reclamé, pero estaba frío, nunca se puede comer frío, pero vino frío.
En la calle llena de sol vago hay casas detenidas y gente que camina. Una tristeza llena de pavor me cala. Presiento un suceso más allá de las fachadas y de los movimientos.
La esencia de la tiranía es la fuerza que nos obliga, y la fuerza que nos obliga, o nos obliga absolutamente o relativamente, es decir, condicionadamente.