No duermes bajo los cipreses, pues no hay sueño en el mundo.
El cuerpo es la sombra de los vestidos que cubren tu ser profundo.
Viene la noche, que es la muerte, y la sombra acabó sin ser. Vas en la noche sólo silueta, igual a ti sin querer.
Mas en la Posada del Asombro te arrancan los Ángeles la capa: sigues sin capa en el hombro, con lo poco que te tapa.
Entonces Arcángeles del Camino te desvisten y te dejan desnudo. No tienes ropas, no tienes nada: tienes sólo tu cuerpo, que eres tú. por fin, en la profunda caverna,
los Dioses te desvisten más. Tu cuerpo cesa, alma externa, mas ves que son tus iguales.
La sombra de tus vestidos quedo entre nosotros en Ia Suerte. No estás muerto, entre cipreses. Neófito, no hay muerte.
Me sucedió desde lo alto del infinito esta vida. A través de neblinas, de mi propio yermo ser, humos primeros, vine ganando, y a través de extraños ritos
Y así soy, fútil y sensible, capaz de impulsos violentos y absorbentes, malos y buenos, nobles y viles, pero nunca de un sentimiento que subsista, nunca de una emoción que prolongue y entre hasta la sustancia del alma.
Desde la ventana más alta de mi casa, con un pañuelo blanco digo adiós a mis versos, que viajan hacia la humanidad. Y no estoy alegre ni triste. Ése es el destino de los versos.