Para que me escriba un poema
he soltado el lápiz,
me han arrastrado los pies hasta mi puerta
de lo bello: frágil.
Vida es lo breve, lo otro es leve.
Apenas copos de clima hermético
en este piélago acristalado. Este
trágico. Presuntuoso agitar de nieve.
¿Qué sujetan estas manos?
¿Qué guardan, qué sostiene?
Para que me escriba,
me he cortado los dedos
y la lengua, me han mutilado
los dulces labios y la escasa vista.
Esto soy, se supone, lo que respira.
El amor, cierta edad, tan deprisa.
Volver es llegar tarde, irse
a ningún sitio es quedarse.
Para que me escriba,
me he propuesto escribir sobre ella
una poesía verdadera.
Mientras tanto, mientras
este extraño poema me escriba
mientras su poesía quiera.
No preguntes por qué, pero me cuesta, me duele
cerrar cualquier libro por su verdad final.
Me exaspera la finitud sabida de cualquier gran historia,
el veinte por ciento abierto o cerrado de par en par.
A veces creo que he nacido para mirar al vértigo a los ojos.
Cuando se agota la paciencia,
siempre cae de ningún lado esta guerra.
Yo también quiero un jardín jugando
a las muñecas, una casa de madera limpia,
de aire fresco y ventanas de seda.
No me gusta esa casa.
Hace un tiempo dejó de existir,
sin embargo sigue ahí delante.
Uno empieza antes de esperar
que de sí surjan los motivos,
las guías, los objetivos a financiar.
Uno jugando a ser uno mismo
aprende los turnos, las cifras del azar
no exento del éxito de la probabilidad.
Si no te quise mañana,
por qué iba a quererte hoy, así,
como te querré en épocas pasadas.
Los planetas no se alinean
con las salamandras,
hojas secas se visten de guerras
bajo esta suela descalza.
Somos diferentes.
La memoria está poblada
a bocajarro. Como aquel
vietnamita, como aquel 2 de mayo.
Dos formas de enfrentarse,
solicitar la certeza del terror:
“¡No me mates!”, “¡Mátame!”;
dos formas de despedirse,
expulsar un ayer definitivo.
Una vez quise ser bibliotecario
para matar moscas en el trabajo,
regañar a algún huérfano de libro,
traslucir sinopsis de una máscara,
adivinar la signatura pendiente.
Los pájaros no lloran.
Agua distante y solidez,
la lágrima del iceberg.
La sombra ingaseosa:
sedimento de la opacidad.
El mar como consecuencia
o profundidad. La almohada
del retorno eterno. Retoño
de la adversidad. Quizá.