No me gusta esa casa.
Hace un tiempo dejó de existir,
sin embargo sigue ahí delante.
Alguien ha tapado con pintura fresca
las escamas despegadas por el sol
y rellenado los huecos del viento
en la madera crujiente. El tejado
pesa más cada más mordiscos
traen los días a la desaparición.
Mucho antes me gustaba.
Pulsar el timbre y correr perseguido
de esa extraña satisfacción. Conocerte.
Jugar a jugar y no pensar sino en
verte.
Vernos más tarde.
Ahora la odio casi tanto, ojalá existiese.
Hace un tiempo que no existe la casa
ni nuestro mundo. Existe la memoria
que devuelve pasos entre gigantes,
caricias y antes rubores con remite.
La edad nos crece y fuimos
poco más que juguetes
aprendiendo a repararse.
El amor se va
sin despedirse.
Y si lo hace, indebidamente.
Queda su rastro para siempre
acartonado en el jardín:
“Se vende”.
No me gusta esa casa.
Hace un tiempo dejó de existir,
sin embargo sigue ahí delante.
No preguntes por qué, pero me cuesta, me duele
cerrar cualquier libro por su verdad final.
Me exaspera la finitud sabida de cualquier gran historia,
el veinte por ciento abierto o cerrado de par en par.
A veces creo que he nacido para mirar al vértigo a los ojos.
Cuando se agota la paciencia,
siempre cae de ningún lado esta guerra.
Yo también quiero un jardín jugando
a las muñecas, una casa de madera limpia,
de aire fresco y ventanas de seda.
Los pájaros no lloran.
Agua distante y solidez,
la lágrima del iceberg.
La sombra ingaseosa:
sedimento de la opacidad.
El mar como consecuencia
o profundidad. La almohada
del retorno eterno. Retoño
de la adversidad. Quizá.
El interés de la deuda soberana no cabe
en un poema. La poesía es infantil frente a
dos puntos de la prima de riesgo,
el descenso de la demanda agregada o la
eficiencia de nuevos mecanismos de esperanza.
Uno empieza antes de esperar
que de sí surjan los motivos,
las guías, los objetivos a financiar.
Uno jugando a ser uno mismo
aprende los turnos, las cifras del azar
no exento del éxito de la probabilidad.
Somos diferentes.
La memoria está poblada
a bocajarro. Como aquel
vietnamita, como aquel 2 de mayo.
Dos formas de enfrentarse,
solicitar la certeza del terror:
“¡No me mates!”, “¡Mátame!”;
dos formas de despedirse,
expulsar un ayer definitivo.
Una vez quise ser bibliotecario
para matar moscas en el trabajo,
regañar a algún huérfano de libro,
traslucir sinopsis de una máscara,
adivinar la signatura pendiente.