Es preferible ser hermano del hambre a sobrino de la opulencia.
En estos tiempos de venta de nuevos conceptos a través de la ignorancia misma
es fácil estar del lado de lo innecesario.
Es preferible, entonces, no pensar como una lata de conservas abrefácil el cerebro,
estar a cualquier otro lado del suicidio acordado,
deslegitimar lo sospechosamente acertado, ser culpable por descaro a cómplice silenciado.
En estos tiempos que corren lo mejor es caminar despacio, leer las instrucciones en desuso, masticar diez segundos lo justo, tirar de la cadena, por si acaso.
Casi sin darme cuenta, estoy empezando a rechazar moralmente a aquellos que consideran que el reloj marca las dos. En realidad, nunca son las dos. Los rechazo como seres inconscientes, aduladores de la banalidad y cíclicamente hipócritas, a conveniencia periódica.
Los hay que no pueden dejar de fumar, los hay alcohólicos y cada siete días, los hay adictos a la coca, a la heroína, a la próxima forma de evadir o alucinar.
Transcurrir en banquete o hambruna, vida requerida, dulce, insatisfactoria, limitada a intermitencias como lo está una cucharilla: liviana, ligera sólo contiene lo que no rebosa, agujero en potencia.
El interés de la deuda soberana no cabe en un poema. La poesía es infantil frente a dos puntos de la prima de riesgo, el descenso de la demanda agregada o la eficiencia de nuevos mecanismos de esperanza.