La vida es eso que pasa llegando a final de mes; vacaciones un fin de semana son el ataúd acorde al PIB.
¿En qué colegio has estudiado? Te falta experiencia para el puesto. ¿Te llamas Michael Jackson? Disculpa, no idolatramos negros. ¿Dónde te gusta meter el rabo? No me digas que eres de ésos. ¿Qué cara tiene dios en tus rezos? Si no habla mi idioma es falso. ¿Y esa barba? ¿Ese piercing? ¿Esos pelos? ¡Un tatuaje! ¡Tapa eso, tapa eso!
La vida es eso que pasa mientras otros revisan, anotan, autorizan cárceles, fronteras, cánceres, mirillas.
Mientras otros huyen, venden, callan, imaginan luces en la costa, en las manos, en los ojos tras esas caras infladas de bótox.
No preguntes por qué, pero me cuesta, me duele cerrar cualquier libro por su verdad final. Me exaspera la finitud sabida de cualquier gran historia, el veinte por ciento abierto o cerrado de par en par. A veces creo que he nacido para mirar al vértigo a los ojos.
El interés de la deuda soberana no cabe en un poema. La poesía es infantil frente a dos puntos de la prima de riesgo, el descenso de la demanda agregada o la eficiencia de nuevos mecanismos de esperanza.
Una vez quise ser bibliotecario para matar moscas en el trabajo, regañar a algún huérfano de libro, traslucir sinopsis de una máscara, adivinar la signatura pendiente.