Todas las mañanas cuando leo el periódico, de Gabriel Celaya | Poema

    Poema en español
    Todas las mañanas cuando leo el periódico

    Me asomo a mi agujero pequeñito. 
    Fuera suena el mundo, sus números, su prisa, 
    sus furias que dan a una su zumba y su lamento. 
    Y escucho. No lo entiendo. 

    Los hombres amarillos, los negros o los blancos, 
    la Bolsa, las escuadras, los partidos, la guerra: 
    largas filas de hombres cayendo de uno en uno. 
    Los cuento. No lo entiendo. 

    Levantan sus banderas, sus sonrisas, sus dientes, 
    sus tanques, su avaricia, sus cálculos, sus vientres 
    y una belleza ofrece su sexo a la violencia. 
    Lo veo. No lo creo. 

    Yo tengo mi agujero oscuro y calentito. 
    Si miro hacia lo alto, veo un poco de cielo. 
    Puedo dormir, comer, soñar con Dios, rascarme. 
    El resto no lo entiendo.

    • Función de Uno - Equis - Ene: 
      Uno es Ene menos alguien; 
      Ene, el Uno colectivo; 
      Equis, el orden sin nadie. 
      Planteamiento en Uno 
      Aparecer. Y gritar. 
      Ser deslumbrante un momento. 
      Quemarse en el entusiasmo. 
      Y luego, escuchar el eco. 

    • Era una casa grande, vacía, llena de ecos, 
      con veinte ventanales abiertos hacia el mar. 
      Y el mar sonaba triste contra el acantilado 
      como el destino sueña y acaba por matar. 
      Era una casa rara porque nada pasaba 
      y siempre parecía que algo iba a pasar. 

    • Como si todo estuviera de nuevo comenzando 
      puesto que el dios sólo existe en tanto que instantáneo, 
      fulgurante, terrible y ¡ah!, por eso no se dice 
      ni puede repetirse 
      -¡tanto si bien se mira se parece a la muerte!-, 

    • Nosotros somos quien somos. 
      ¡Basta de Historia y de cuentos! 
      ¡Allá los muertos! Que entierren como Dios manda a sus muertos. 

      Ni vivimos del pasado, 
      ni damos cuerda al recuerdo. 
      Somos, turbia y fresca, un agua que atropella sus comienzos. 

    • Nosotros desapareceremos y las cosas-cosas subsistirán. A 
      fin de cuentas, los sistemas atómicos de la silla en que me 
      siento y de la copa en que bebo son más estables - es decir, 
      más inmortales - que yo. 

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