Lo que queda después de los violines, de Juan Luis Panero | Poema

    Poema en español
    Lo que queda después de los violines


    Cuando te olvides de mi nombre, 
    cuando mi cuerpo sea sólo una sombra 
    borrándose entre las húmedas paredes de aquel cuarto. 
    Cuando ya no te llegue el eco de mi voz 
    ni el resonar cordial de mis palabras, 
    entonces, te pido que recuerdes que una tarde, 
    unas horas, fuimos juntos felices y fue hermoso vivir. 
    Era un domingo en Hampstead, con la frágil primavera 
    de abril posada sobre los brotes de los castaños. 
    Pasaban hacia la iglesia apresuradas monjas 
    irlandesas, niños, endomingados y torpes, de la mano. 
    Arriba, tras los setos, en la verde penumbra 
    del parque dos hombres lentamente se besaban. 
    Tú llegaste, sin que me diera cuenta apareciste y empezamos a hablar 
    tropezando de risa en las palabras, titubeantes 
    en el extraño idioma que ni a ti ni a mi pertenecía. 
    Después te hiciste pequeña entre mis brazos 
    y la hierba acogió tu oscura cabellera. 
    A veces las cosas son simples y sencillas 
    como mirar el mar una tarde en la infancia. 
    Luego la escalera gris, larga y estrecha, 
    la alfombra con ceniza y con grasa, 
    tus pequeños pechos desolados en mi boca. 
    Sí, a veces es sencillo y es hermoso vivir, 
    quiero que lo recuerdes, que no olvides 
    el pasar de aquellas horas, su esperanzado resplandor. 
    Yo también, lejos de ti, cuando perdida en la memoria 
    esté la sed de tu sonrisa me acordaré, igual que ahora, 
    mientras escribo estas palabras para todos aquellos 
    que un momento, sin promesas ni dádivas, limpiamente se entregan. 
    Desconociendo razas o razones se funden 
    en un único cuerpo más dichoso 
    y luego, calmado ya el instinto 
    y rezumante de estrenada ternura el corazón, 
    se separan y cumplen su destino, 
    sabiendo que quizá sólo por eso 
    su existir no fue en vano.