Soñé la muerte y era muy sencillo: Una hebra de seda me envolvía, y a cada beso tuyo con una vuelta menos me ceñía. Y cada beso tuyo era un día. Y el tiempo que mediaba entre dos besos una noche. La muerte es muy sencilla.
Y poco a poco fue desenvolviéndose la hebra fatal. Ya no la retenía sino por un sólo cabo entre los dedos... Cuando de pronto te pusiste fría, y ya no me besaste... Y solté el cabo, y se me fue la vida.
Las chicas del tenis, en grupos parejos, agracian de blanco la pradera verde que flora en un polen de sol, y a lo lejos en serenidades azules se pierde.
Érase una caverna de agua sombría el cielo; el trueno, a la distancia, rodaba su peñón; y una remota brisa de conturbado vuelo, se acidulaba en tenue frescura de limón.
Tú apaciguas mis horas batalladas, con aquella suave tristeza que es la nobleza de las vidas elevadas. Y en el misterio singular de tu suerte —grave perfume de sombría flor— la pureza de tu amor te da el deseo de la muerte.