Ocaso, de Manuel Machado | Poema

    Poema en español
    Ocaso

    Era un suspiro lánguido y sonoro 
    la voz del mar aquella tarde... El día, 
    no queriendo morir, con garras de oro 
    de los acantilados se prendía. 

    Pero su seno el mar alzó potente, 
    y el sol, al fin, como en soberbio lecho, 
    hundió en las olas la dorada frente, 
    en una brasa cárdena deshecho. 

    Para mi pobre cuerpo dolorido, 
    para mi triste alma lacerada, 
    para mi yerto corazón herido, 
    para mi amarga vida fatigada... 
    ¡el mar amado, el mar apetecido, 
    el mar, el mar, y no pensar nada...!

    • Hasta que el pueblo las canta, 
      las coplas, coplas no son, 
      y cuando las canta el pueblo, 
      ya nadie sabe el autor. 

      Tal es la gloria, Guillén, 
      de los que escriben cantares: 
      oír decir a la gente 
      que no los ha escrito nadie. 

    • A la manera y en Memoria de Manuel del Palacio, maestro del soneto 
       
      Cabe la vida entera en un soneto 
      empezado con lánguido descuido, 
      y, apenas iniciado, ha transcurrido 
      la infancia, imagen del primer cuarteto. 

    • Esta es mi cara y ésta es mi alma: leed. 
      Unos ojos de hastío y una boca de sed... 
      Lo demás, nada... Vida... Cosas... Lo que se sabe... 
      Calaveradas, amoríos... Nada grave, 
      Un poco de locura, un algo de poesía, 
      una gota del vino de la melancolía... 

    • De un sol que brilla y no arde 
      la última lumbre serena... 
      Una campana que suena 
      en el palor de la tarde... 
      De una ovejuela cobarde 
      el anheloso balar... 
      Y una moza del lugar 
      que oye charlar a la fuente, 
      con el pensamiento ausente 

    • A Miguel de Unamuno 
       
      Yo soy como las gentes que a mi tierra vinieron 
      —soy de la raza mora, vieja amiga del Sol—, 
      que todo lo ganaron y todo lo perdieron. 
      Tengo el alma de nardo del árabe español. 

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