Nube en la mano, de Pedro Salinas | Poema

    Poema en español
    Nube en la mano

    Se siente una lluvia cerca. 
    A esa nube gris, plomiza, 
    que por su altura navega, 
    tan sin prisa soñadora, 
    se le puede ver el rumbo; 
    es un jardín; 
    el sueño se le descifra: 
    es una rosa. 

    ¡Qué aparente lo marmóreo 
    qué indecisa su firmeza! 
    Su tenue ser vaporoso 
    con encarnaciones sueña 
    vislumbradas, 
    desde arriba, aquí, en la tierra. 
    Con tiernas formas intactas 
    que, invisibles todavía, 
    aun no abiertas, 
    puras vísperas de flor, 
    en algún jardín esperan 
    a que llueva agua de mayo, 
    a que llueva. 

    Llueve ya. 
    La nube inicia su tránsito 
    por el aire, y la ciudad 
    se trastorna, cuando llega. 
    En los llanos del asfalto 
    luminosa brota yerba 
    repentina, son reflejos. 
    Los suelos todos se pueblan 
    de radiante césped trémulo, 
    y en la insólita pradera 
    saltan las ancas brillantes 
    de las más extrañas bestias, 
    todas de curvos colores, 
    que pastan las luces frescas. 

    Agua de mayo, lloviendo 
    la nube está. 
    ¿Y ha de quedar todo en eso? 
    ¿Acaba así tanta altura, 
    en paraguas callejeros? 
    No. En su oficina, un vergel, 
    la vieja alquimia prepara 
    su divino arte secreto. 
    Esperan botón, capullo, 
    algo, 
    aunque de la tierra venga, 
    más celeste que terreno. 
    Lento, se empapa el jardín 
    de lo que antes era cielo. 
    Muy despacio, tallo arriba 
    la nube gris va subiendo. 
    Su gris se le torna rosa, 
    lo fosco se vuelve tierno. 
    Perfecciones que soñara, 
    errabunda, por los cielos, 
    la nube se las realiza 
    en el capullo que ha abierto. 
    Y aquella deriva lenta. 
    por los anchos firmamentos, 
    en suave puerto termina: 
    en la calma de unos pétalos. 
    ¿Quién de menos la echaría, 
    quién va a decir que se ha muerto 
    si en el azul absoluto 
    falta su bulto sereno? 
    Está aquí, que yo lo siento, 
    olor de nube, en la flor, 
    celeste, en tierra, resuello. 
    Y si ayer vapor la vi, 
    en mi mano está su peso, 
    ahora, leve; y sus celajes 
    en carmines los poseo. 

    Feliz la nube de mayo, 
    que en esta o aquella rosa 
    cumple su sino perfecto. 
    Feliz ella y feliz yo, 
    que la tengo.

    Pedro Salinas (Madrid, 1891-Boston, 1951), autor de poemarios emblemáticos como Seguro azar, La voz a ti debida o El contemplado, es una figura clave del panorama cultural español del siglo XX. También cabe destacar su obra epistolar, en la que destaca Cartas a Katherine Whitmore y su Correspondencia (1923-1951) con el también poeta Jorge Guillén. Su vida, consagrada a la poesía y a la literatura, estuvo marcada por su exilio a Estados Unidos en 1936.