Extinción masiva, de Álvaro Sarró | Poema

    Poema en español
    Extinción masiva

    Hay costra en el cristal de mis ojos.
    Me duelen la espalda, el culo y la cabeza.
    Sólo veo en un radio de metro y medio.
    Y me asfixia este vaho.

    La mujer coja de enfrente grita como una posesa.
    Su compañero, el rarito, no tiene ni puta idea de imitar el acento argentino.
    Pero lo intenta.
    Una y otra vez.
    Pretende hacerse el gracioso.
    (No lo está consiguiendo).

    Pulso la tecla + del control de volumen de mi mp3.
    Kael Toffana me susurra al oído con fuerza.
    'La ciudad está llena de fantasmas'.
    El vagón chirría.
    Próxima estación: Retiro.
    Inspiro hondo y aguanto.

    *

    A las doce menos cuarto llego a casa.
    Ceno dos huevos fritos y una hamburguesa fría.
    En la tele echan un documental sobre F. Costello.
    Bebo zumo de manzana.
    Me lavo los dientes.
    Discuto con mi novia por teléfono.
    Y me tumbo en la cama para escribir esta mierda.
    Mañana, si es que amanece, se juega otra ronda.
    El escenario y los figurantes varían muy poco.
    Y yo pierdo siempre.
    (Ahora mismo, una extinción como la del Pérmico-Triásico me vendría de puta madre).

    • En nuestro día a día es imposible captarlo; salvo, quizás, cuando estás embebido en el torbellino de tu imaginación. (Especialmente, si el reloj de la mesilla marca las dos y cuarenta y tres de la madrugada).
      Encerrado, en la habitación asfixiante.

    • Cada día me asemejo un poco más al cadáver que seré.
      Algunas veces la evidencia me atenaza.
      Me paro frente al espejo.
      E intento verme morir.
      Segundo a segundo.
      Célula a célula.
      Una ojerosa imagen me devuelve la tentativa desde el otro lado.

    • El futuro allí enfrente, riéndose de él.
      El pasado detrás, atormentándolo.
      'Suerte que tengo este whisky de oferta', pensó el niñato.
      Y se sirvió otro chorro, procurando acertar en el vaso que se encontraba al otro lado de la ventana de lágrimas.

    • Mi vaso de tubo mantiene el equilibrio sobre el curvado expendedor de papel higiénico.
      La rodaja de limón flota impávida entre cubos de hielo en descomposición.
      Meo con las manos en los bolsillos y la espalda contra la puerta del retrete.
      Milagrosamente estoy acertando.

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