Búscame ahora que tenemos en común esta dulce sensación calórica del sol en la piel los días de invierno.
Ahora que nuestras palabras no son tan ajenas, ni tan nuestras siquiera.
Por fin podemos hablar sin miedo de la fórmula del tiempo, de la atmósfera del hidrógeno, de la medida precisa del universo, de la química del odio o del beso, del Gran Hermano dos punto cero, de la economía de las manos o del sexo, de la justicia de los actos y del verbo, de dónde puso a cada uno el tiempo.
Encuéntrame ahora, mientras estoy vivo. Ahora que aún soy adentros por entender este cuerpo.
Casi sin darme cuenta, estoy empezando a rechazar moralmente a aquellos que consideran que el reloj marca las dos. En realidad, nunca son las dos. Los rechazo como seres inconscientes, aduladores de la banalidad y cíclicamente hipócritas, a conveniencia periódica.
Los hay que no pueden dejar de fumar, los hay alcohólicos y cada siete días, los hay adictos a la coca, a la heroína, a la próxima forma de evadir o alucinar.
Transcurrir en banquete o hambruna, vida requerida, dulce, insatisfactoria, limitada a intermitencias como lo está una cucharilla: liviana, ligera sólo contiene lo que no rebosa, agujero en potencia.
El interés de la deuda soberana no cabe en un poema. La poesía es infantil frente a dos puntos de la prima de riesgo, el descenso de la demanda agregada o la eficiencia de nuevos mecanismos de esperanza.