A don Francisco de Quevedo en piedra, de José Ángel Valente | Poema

    Poema en español
    A don Francisco de Quevedo en piedra

    «cavan en mi vivir mi monumento» 
     
    Yo no sé quién te puso aquí, tan cerca 
    — alto entre los tranvías y los pájaros — 
    Francisco de Quevedo, de mi casa. 

    Tampoco sé qué mano 
    organizó en la piedra tu figura 
    o sufragó los gastos, 
    los discursos, la lápida, 
    la ceremonia, en fin, de tu alzamiento. 

    Porque arriba te han puesto y allí estás 
    y allí, sin duda alguna, permaneces, 
    imperturbable y quieto, 
    igual a cada día, 
    como tú nunca fuiste. 

    Bajo cada mañana 
    al café de la esquina, 
    resonante de vida, 
    y sorbo cuanto puedo 
    el día que comienza. 

    Desde allí te contemplo en pie y en piedra, 
    convidado de tal piedra que nunca 
    bajarás cojeando 
    de tu propia cojera 
    a sentarte a la mesa que te ofrezco. 

    Arriba te dejaron 
    como una teoría de ti mismo, 
    a ti, incansable autor de teorías 
    que nunca te sirvieron 
    más que para marchar como un cangrejo 
    en contra de tu propio pensamiento. 

    Yo me pregunto qué haces 
    allá arriba, Francisco 
    de Quevedo, maestro, 
    amigo, padre 
    con quien es grato hablar, 
    difícil entenderse, 
    fácil sentir lo mismo: 
    cómo en el aire rompen 
    un sí y un no sus poderosas armas, 
    y nosotros estamos 
    para siempre esperando 
    la victoria que debe 
    decidir nuestra suerte. 

    Yo me pregunto si en la noche lenta, 
    cuando el alma desciende a ras de suelo, 
    caemos en la especie y reina 
    el sueño, te descuelgas 
    de tanta altura, dejas 
    tu máscara de piedra, 
    corres por la ciudad, 
    tientas las puertas 
    con que el hombre defiende como puede 
    su secreta miseria 
    y vas diciendo a voces: 
    – Fue el soy un será, pero en el polvo 
    un ápice hay de amor que nunca muere. 

    ¿O acaso has de callar 
    en tu piedra solemne, 
    enmudecer también, 
    caer de tus palabras, 
    porque el gran dedo un día 
    te avisara silencio? 

    Dime qué ves desde tu altura. 
    Pero tal vez lo mismo. Muros, campos, 
    solar de insolaciones. Patria. Falta 
    su patria a Osuna, a ti y a mí y a quien 
    la necesita. 
    Estamos 
    todos igual y en idéntico amor 
    podría comprenderte. 
    Hablamos 
    mucho de ti aquí abajo, y día a día 
    te miro como ahora, te saludo 
    en tu torre de piedra, 
    tan cerca de mi casa, 
    Francisco de Quevedo, que si grito 
    me oirás en seguida. 

    Ven entonces si puedes, 
    si estás vivo y me oyes 
    acude a tiempo, corre 
    con tu agrio amor y tu esperanza —cojo, 
    mas no del lado de la vida —si eres 
    el mismo de otras veces.

    José Ángel Valente nació en Orense en 1929. Cursó estudios en las Universidades de Santiago de Compostela y Madrid, donde se licenció en Filología Románica. Enseñó algunos años en el Departamento de Español de la Universidad de Oxford, de la que recibió el grado de Master of Arts. Ha publicado los siguientes libros de poesía: A modo de esperanza (1955) (Premio Adonais 1954), Poemas a Lázaro (1960) (Premio de la Crítica), La memoria y los signos (1966), Siete representaciones (1967), Breve son (1968), Presentación y memorial para un monumento (1970), El inocente (1970), Treinta y siete fragmentos (1972), Interior con figuras (1976), Material memoria (1979), Mandorla (1982), El fulgor (1984), Al dios del lugar (1989), No amanece el cantor (1992) (Premio Nacional de Poesía) y Nadie (1996). Su obra poética en gallego se reúne en Cántigas de alén (1996). Reunió parte de sus ensayos en el volumen Las palabras de la tribu (1971). Es autor asimismo de un ensayo sobre Miguel de Molinos, que precede a una edición de escritos de dicho tratadista (1974) y del volumen de textos narrativos y poéticos en prosa El fin de la edad de plata (Seix Barral, 1973). Ha obtenido el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1988 y el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 1998.