'A orillas del East River', de José Hierro | Poema

Título: A orillas del East River
Autor: José Hierro
Narrador: Francisco Fernández

 

 

A orillas del East River

 

I
 
En esta encrucijada,
flagelada por vientos de dos ríos
que despeinan la calle y la avenida,
pisoteada su negrura por gaviotas de luz,
descienden las palabras a mi mano,
picotean los granos de rocío,
buscan entre mis dedos las migajas de lágrimas.
 
Siempre aspiré a que mis palabras,
las que llevo al papel,
continuasen llorando
—de pena, de felicidad, de desesperanza,
al fin, todo es lo mismo—,
porque yo las había llorado antes;
antes de que desembocasen en el papel blanquísimo,
en el papel deshabitado, que es el morir.
Dejarían en él los ecos asordados, empañados,
de lo que tuvo vida.
Alguien advertiría la humedad de las lágrimas,
lloraría por seres que jamás conoció,
que acaso no es posible que existieran
aunque estuvieron vivos
en el recuerdo o en la imaginación.
Lloraríamos todos por los desconocidos,
los —para mí —difuminados
en la magia del tiempo.
 
Contra las estructuras
de metal y de vidrio nocturno
rebotan las palabras aún sin forma,
consagradas en el torbellino helado,
y no me hacen llorar.
Yo ya no sé llorar. ¡Y mira que he llorado!
 
 
II
 
Yo ya no lloro,
excepto por aquello que algún día
me hizo llorar:
los aviones que proclamaban
que todo había terminado;
la estación amarilla diluida en la noche
en la que coincidían, tan sólo unos instantes,
el tren que partía hacia el norte
y el que partía hacia el oeste
y jamás volverían a encontrarse;
y la voz de Juan Rulfo: «diles que no me maten»;
y la malagueña canaria;
y la niña mendiga de Lisboa
que me pidió un «besiño».
 
Yo ya no lloro.
Ni siquiera cuando recuerdo
lo que aún me queda por llorar.

 

  • Villancico en Central Park

    Vistió la noche, copo a copo,
    pluma a pluma,
    lo que fue llama y oro,
    cota de malla del guerrero otoño
    y ahora es reino de la blancura.
    ¿Qué hago yo, profanando, pisando
    tan fragilísimo plumaje?
    Y arranco con mis manos
    ...

  • Beethoven ante el televisor

    El alemán de Bonn identificaba
    todos los sones de la naturaleza:
    el del mar, el del rio, el del viento y la lluvia,
    el canto del ruiseñor, el de la oropéndola, el del cuco.
    Un día, cantó un ave, y él no oía su canto:
    fue la primera señal de alarma.
    Luego avanzó implacable la sordera
    hasta desembocar en la noche de los sonidos.
    ...

  • Apunte de paisaje

    Las nubes puestas a secar al sol.
    Los ciruelos condecorados por la primavera.
    Abril, de manos húmedas,
    acaricia la frente de los arces.
    La lengua púrpura del atardecer
    lame la curva de las lomas de plomo
    y las convierte en carne tibia.
    Todo ha sido creado
    ...

  • A orillas del East River

    En esta encrucijada,
    flagelada por vientos de dos ríos
    que despeinan la calle y la avenida,
    pisoteada su negrura por gaviotas de luz,
    descienden las palabras a mi mano,
    picotean los granos de rocío,
    buscan entre mis dedos las migajas de lágrimas.
    Siempre aspiré a que mis palabras,
    ...

  • Federico García Lorca

    Voces de muerte sonaron
    cerca del Guadalquivir.
    Voces antiguas que cercan
    voz de clavel varonil.
    Les clavó sobre las botas
    mordiscos de jabalí.
    En la lucha daba saltos
    jabonados de delfín.
    ...

  • Antonio Machado

    Yo voy soñando caminos
    de la tarde. ¡Las colinas
    doradas, los verdes pinos,
    las polvorientas encinas!...
    ¿Adónde el camino irá?
    Yo voy cantando, viajero
    a lo largo del sendero...
    -la tarde cayendo está-.
    ...

  • Ángel González

    Una revolución.
    Luego una guerra.
    En aquellos dos años —que eran
    la quinta parte de toda mi vida—,
    ya había experimentado sensaciones distintas.
    Imaginé más tarde
    lo que es la lucha en calidad de hombre.
    Pero como tal niño,
    ...

  • Luis Gonzaga Urbina

    Era un cautivo beso enamorado
    de una mano de nieve, que tenía
    la apariencia de un lirio desmayado
    y el palpitar de un ave en la agonía.
    Y sucedió que un día,
    aquella mano suave
    de palidez de cirio,
    de languidez de lirio,
    ...