El perro cojo, de Manuel Benítez Carrasco | Poema

    Poema en español
    El perro cojo

    Con una pata colgando, 
    despojo de una pedrada, 
    pasó el perro por mi lado, 
    un perro de pobre casta. 
    Uno de esos callejeros, 
    pobres de sangre y estampa. 
    Nacen en cualquier rincón, 
    de perras tristes y flacas, 
    destinados a comer 
    basuras de plaza en plaza. 

    Cuando pequeños, qué finos 
    y ágiles son en la infancia, 
    baloncitos de peluche, 
    tibios borlones de lana, 
    los miman, los acurrucan, 
    los sacan al sol, les cantan. 
    Cuando mayores, al tiempo 
    que ven que se fue la gracia, 
    los dejan a su ventura, 
    mendigos de casa en casa, 
    sus hambres por los rincones 
    y su sed sobre las charcas. 

    Qué tristes ojos que tienen, 
    que recóndita mirada 
    como si en ella pusieran 
    su dolor a media asta. 
    Y se mueren de tristeza 
    a la sombra de una tapia, 
    si es que un lazo no les da 
    una muerte anticipada. 

    Yo le llamo: psss, psss, psss. 
    Todo orejas asustadas, 
    todo hociquito curioso, 
    todo sed, hambre y nostalgia, 
    el perro escucha mi voz, 
    olfatea mis palabras 
    como esperando o temiendo 
    pan, caricias... o pedradas, 
    no en vano lleva marcado 
    un mal recuerdo en su pata. 
    Lo vuelvo a llamar: psss, psss. 
    Dócil a medias avanza 
    moviendo el rabo con miedo 
    y las orejitas gachas. 

    Chasco los dedos; le digo: 
    “ven aquí, no te hago nada, 
    vamos, vamos, ven aquí”. 
    Y adiós la desconfianza. 
    Que ya se tiende a mis pies, 
    a tiernos aullidos habla, 
    ladra para hablar más fuerte, 
    salta, gira; gira, salta; 
    llora, ríe; ríe, llora; 
    lengua, orejas, ojos, patas 
    y el rabo es un incansable 
    abanico de palabras. 

    Es su alegría tan grande 
    que más que hablarme, me canta. 
    “¿Qué piedra te dejó cojo? 
    Sí, sí, sí, malhaya”. 
    El perro me entiende; sabe 
    que maldigo la pedrada, 
    aquella pedrada dura 
    que le destrozó la pata 
    y él, con el rabo, me dice 
    que me agradece la lástima. 
    'Pero tú no te preocupes, 
    ya no ha de faltarte nada. 
    Yo también soy callejero, 
    aunque de distintas plazas 
    y a patita coja y triste 
    voy de jornada en jornada. 
    Las piedras que me tiraron 
    me dejaron coja el alma. 

    Entre basuras de tierra 
    tengo mi pan y mi almohada. 
    Vamos, pues, perrito mío, 
    vamos, anda que te anda, 
    con nuestra cojera a cuestas, 
    con nuestra tristeza en andas, 
    yo por mis calles oscuras, 
    tú por tus calles calladas, 
    tú la pedrada en el cuerpo, 
    yo la pedrada en el alma 
    y cuando mueras, amigo, 
    yo te enterraré en mi casa 
    bajo un letrero: «aquí yace 
    un amigo de mi infancia». 

    Y en el cielo de los perros, 
    pan tierno y carne mechada, 
    te regalará San Roque 
    una muleta de plata. 
    Compañeros, si los hay, 
    amigos donde los haya, 
    mi perro y yo por la vida: 
    pan pobre, rica compaña. 

    ... 
    Era joven y era viejo; 
    por más que yo lo cuidaba, 
    el tiempo malo pasado 
    lo dejó medio sin alma. 
    Y fueron muchas las hambres, 
    mucho peso en sus tres patas 
    y una mañana, en el huerto, 
    debajo de mi ventana, 
    lo encontré tendido, frío, 
    como una piedra mojada, 
    un duro musgo de pelo, 
    con el rocío brillaba. 

    Ya estaba mi pobre perro 
    muerto de las cuatro patas. 
    Hacia el cielo de los perros 
    se fue, anda que te anda, 
    las orejas de relente 
    y el hociquillo de escarcha. 
    Portero y dueño del cielo 
    San Roque en la puerta estaba: 
    ortopédico de mimos, 
    cirujano de palabras, 
    bien surtido de intercambios 
    con que curar viejas taras. 
    “Para ti... un rabo de oro; 
    para ti... un ojo de ámbar; 
    tú... tus orejas de nieve; 
    tú... tus colmillos de escarcha. 
    Y tú, —mi perro reía—, 
    tú... tu muleta de plata”. 

    Ahora ya sé por qué está 
    la noche agujereada: 
    ¿Estrellas... luceros...? No, 
    es mi perro cuando anda... 
    con la muleta va haciendo 
    agujeritos de plata.